Por Susi DelaTorre
El Lazarillo de Tormes, novela anónima, da comienzo al llamado género pícaro, sin que pueda ser catalogado como humorístico. El protagonista, un niño, será el personaje principal, un héroe que no pertenece a ningún
estamento pudiente, dentro de la sociedad despiadada de la España del Siglo XVI.
Lázaro y por ende, su psique, se construye una personalidad bajo el peso del trauma continuado, el abandono total y una violencia cruel, lo que desarrolla en el menor, unas estrategias de supervivencia tales como disociación e hipervigilancia extrema.
La seguridad en su niñez se evapora cuando su madre le pone en manos de su primer amo, un ciego violento y egoista con quien se inicia en evitar la desgracia y miseria. El adulto es la amenaza. Lo que se podía asociar ante la palabra «tutela» entre un joven con un adulto; un intercambio de tareas, que llevase a un provecho común de ambas partes, se descubre lejano a la realidad.
El chico se encuentra en la opresiva certeza de que sobrevivir conlleva adelantarse a la próxima ocasión en ser agredido, robado o obligado a pasar hambre. La astucia se afila y será necesario ser el agresor antes que la víctima. Lázaro se ve obligado a pasar por varios amos, a cual más diferente, aunque todos con igual mala idea y artes.
Se anestesia en afectos y moralidad. Crece obligado a endurecerse. A traves del autor, se hace patente la miseria y las estrategias ejercidas a través del engaño del que prematuramente se forja adulto. El muestrario narrativo parece interminable en desdichas hasta que, ya crecido, Lázaro nos relata que ha conseguido salir de su situación desesperada, gracias a tomar buenas decisiones, para en realidad, mostrar su autoengaño al afirmar que no podría haber conseguido mejor.
El Lázaro hombre, consolida su pasado traumatico e incierto, priorizando la seguridad material ante cualquier otro aspecto. Pura supervivencia.