Durante el último año, la desinformación sobre el cambio climático ha mutado. Ya no se limita a negar la evidencia científica; ahora busca sembrar desconfianza en las instituciones, desacreditar las soluciones energéticas y convertir cualquier política ambiental en sospechosa.
La desinformación climática no es solo un problema científico: afecta a la deliberación pública y a la capacidad de tomar decisiones colectivas basadas en evidencia. Cuando se erosionan los consensos científicos consolidados, se debilita también la calidad democrática.
La respuesta no pasa por la censura, sino por el periodismo riguroso, la transparencia institucional y el acceso público a datos verificables. En un contexto de crisis climática, la información contrastada no es un lujo: es una herramienta de responsabilidad colectiva.

Sospecha en el termómetro
En España, episodios de calor extremo fueron acompañados por mensajes que acusaban a la Agencia Estatal de Meteorología de exagerar datos. Algunas publicaciones comparaban mapas actuales con versiones antiguas para insinuar manipulación cromática.
Sin embargo, los registros oficiales son públicos y auditables. A escala global, la World Meteorological Organization coordina estándares internacionales que permiten contrastar datos entre países. Las tendencias no dependen de un mapa concreto: se apoyan en series históricas de décadas.
La estrategia, según especialistas en verificación, consiste en desacreditar la fuente antes que discutir la evidencia.

Es “es un ciclo natural”
Otra narrativa recurrente sostiene que el calentamiento es simplemente parte de ciclos solares o variaciones históricas. El argumento omite un elemento central: la velocidad del cambio actual.
El Intergovernmental Panel on Climate Change concluye que la influencia humana es la causa dominante del calentamiento observado desde mediados del siglo XX.
Organismos como la NASA y la National Oceanic and Atmospheric Administration mantienen registros independientes que coinciden en la tendencia ascendente de temperaturas y concentración de gases de efecto invernadero.
La desinformación, en este caso, no suele inventar datos: selecciona fragmentos aislados y los presenta fuera de contexto.
Renovables en la diana
La transición energética se ha convertido en otro foco de bulos. Desde mensajes que atribuyen apagones exclusivamente a la energía eólica hasta afirmaciones de que la solar “contamina más que el carbón”.
Los datos cuentan otra historia. La International Energy Agency documenta que las energías renovables lideran la nueva capacidad eléctrica mundial y han reducido costes de manera sostenida.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente subraya que la expansión renovable es clave para cumplir objetivos de reducción de emisiones.
Aquí la narrativa no niega el cambio climático: cuestiona la viabilidad de las soluciones, sembrando dudas sobre su eficacia o impacto económico.

IA y viralidad
El último año también ha evidenciado un aumento de vídeos manipulados y declaraciones falsas atribuidas a científicos o responsables públicos.
Plataformas de verificación como Maldita.es, AFP Fact Check y Climate Feedback han documentado casos en los que fragmentos reales se editan o combinan con audios sintéticos para generar desinformación creíble.
La tecnología abarata la manipulación y acelera la propagación. La verificación, en cambio, requiere tiempo y método.
Riesgo contra la democracia
La cuestión no es solo ambiental. Cuando se desacreditan de forma sistemática agencias científicas, universidades o sistemas estadísticos, se erosiona la confianza pública en la evidencia compartida. Sin datos fiables, el debate democrático se convierte en confrontación de percepciones.
La respuesta no es alarmismo, sino transparencia y rigor. Los informes científicos son públicos, replicables y sometidos a revisión internacional.
El periodismo tiene la responsabilidad de no amplificar sin contraste afirmaciones virales y de explicar el contexto técnico con claridad.
Frente a la desinformación climática, la herramienta más sólida sigue siendo la misma: datos verificables, acceso abierto a la evidencia y una ciudadanía capaz de distinguir entre opinión y conocimiento contrastado.

El espejo gallego
En el último lustro, Galicia ha dejado de ser percibida exclusivamente como una región lluviosa y templada para convertirse en un territorio donde los signos visibles del cambio climático se acumulan con fuerza.
Datos oficiales de MeteoGalicia confirman que el verano de 2025 fue el más cálido desde que hay registros, con temperaturas medias muy por encima de lo habitual y precipitaciones excepcionalmente bajas, lo que desencadenó la peor ola de incendios forestales de la historia reciente de la comunidad.
Estos datos contrastan con la idea —todavía presente en algunos espacios digitales— de que Galicia quedaría al margen de los efectos del calentamiento global.
La realidad climática local es más compleja: estudios y análisis periodísticos documentan un descenso de lluvias principalmente en verano e invierno y una progresiva reducción pluviométrica en zonas del interior, además de un aumento gradual de la temperatura oceánica frente a las costas gallegas.
En este contexto, varios actores sociales y medios han señalado la proliferación de narrativas erróneas y simplificaciones que circulan en redes y chats privados, desde versiones que relativizan estos cambios como “clima variable habitual” hasta teorías conspirativas sobre manipulación meteorológica.
Esta tendencia no es exclusiva de Galicia, pero toma fuerza en espacios donde la experiencia cotidiana (como ver demasiada incidencia en las lluvias o incendios más virulentos) dispara interpretaciones desinformadas que no encajan con el consenso científico.
Esta constatación por parte de autoridades y expertos de que la alfabetización científica y mediática es clave para resistir discursos que, deliberadamente o por simplificación, distorsionan hechos probados.
En conmemoraciones públicas como el Día Meteorológico Mundial, representantes de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) en Galicia han reprochado explícitamente el negacionismo y defendido el valor de datos y alertas oficiales para proteger vidas y bienes.

Claves para todos
Los bulos prosperan precisamente en ese espacio íntimo de la experiencia personal. “Aquí antes llovía más”, “esto ya pasó otras veces”, se repite. Por ello, la educación científica y mediática se convierte en una herramienta imprescindible.
No debemos confundir variabilidad con negación: Un solo verano cálido o un periodo seco puede generar percepciones contradictorias, pero las tendencias a largo plazo están bien documentadas por redes de medición oficiales.
Es importante desenmascarar los argumentos simplistas. Los bulos suelen funcionar apelando a experiencias personales (“aquí no llueve como antes”), sin considerar la variabilidad climática normal o las series de datos extendidas.
Y, finalmente, la educación es la herramienta. La promoción de la comprensión científica desde las aulas y medios locales fortalece la resistencia democrática frente a la desinformación.