Por Susi de la Torre
Se ha puesto muy de moda, aunque esta expresión en sí, ya parezca anticuada, que la palabra y significado del término “narcisista” ocupe un gran porcentaje en los reels, publicaciones, canales e incluso constituyan la cara visible del objetivo de enganchar al público a las empresas de psicólogos, coaches y terapeutas de pareja que parecen haber
encontrado un abono fructífero en este medio.
Decir narcisista es llamar la atención de quién pasaba por el rollon de las publicaciones, algunas personas por su situación sentimental, dudas razonables o no, universos laborales y porque pareciese que este trastorno de la personalidad fuese una ventaja evolutiva sobre el resto de los individuos que cooperan entre sí, que no pisan a los demás para llamar la atención y no se han creído que el individualismo salvaje que se proclama, sea el modo de alcanzar esa libertad que parece tan necesaria.
Quizá podríamos darle una vuelta reflexiva a llamar “redes sociales», a estas empresas que nos han vuelto adictos a no esperar en las filas de cualquier sitio destinado, dónde tengamos que presentarnos en cuerpo físico y mente un poco despierta.
Dorian Gray de Óscar Wilde
El ejemplo más evidente de que podemos asociar narcisismo y vanidad infinita, es el personaje de la literatura clásica Dorian Gray del autor irlandés Óscar Wilde. Si este protagonista tuviera redes, haría todo lo posible para ocultar su edad, entre otras cosas, intentando detener el tiempo a los ojos de los demás.
Oscar Wilde, creó a un hombre se idealizaba a sí mismo, hasta el extremo, convirtiendo su belleza en su seña de identidad. Dependía sicológicamente de su imagen, siendo dependiente por completo de la reacción pública, lo que le daba poder para mostrarse superior al sentirse tan admirado. Es la mirada de los otros, los que lo alimentan en su trastorno, igual que sentirse perfecto, eterno e intocable, adicto a ella igual que a una droga.
El medio digital, amplifica esta patología que se ve sumada y acrecentada por los gestos de quienes reaccionan: likes, comentarios, seguidores y viralización que no hacen otra cosa que provocar una escalada de insatisfacción por continuar creando contenidos que sean más llamativos. Ser viral es la meta, una orgía de espejos con reflejos infinitos de
sí mismo.
Para un narciso actual, su estilo de vida, su dinero, su trabajo, su apariencia, junto con la gente que lo rodea que él usa como muestra de su éxito, sus posesiones, se convierten en una extensión de sí mismo; su ejemplo, en un modelo a seguir. Ya conocemos quién además, monetiza esa imagen para vender modos y rutas que arrastren a quienes deseen ser llevados por caminos similares o incluso a una pérdida de identidad consentida.
Pero, para el pequeño Dorian Gray literario futuro, toda esta marea de validación y dopamina, se resuelve con transformarlo en alguien vulnerable, pues surgen otros semejantes a él, que le desplazarán o por lo menos, sentirá como enemigos usurpadores de su estado de gracia.
La sobreexposición hará que esos mismos, le estropeen la base en la que se sustentaba su reinado, creándose ansiedad, envidia, obsesión y una gran dosis de angustia.
En la novela, Dorian destruye el cuadro cuando ya no puede sostener la mentira en la que ha basado su vida, lo que se traduce en el ámbito de las redes en menos seguidores, menos interacciones, quedando relegado cada vez menos a la exposición pública.
La realidad digital desaparece, cuando la realidad se muestra descarnada. Porque nadie consigue una aprobación eterna, y sobre todo, porque la vida continúa sin darnos a partir de cierto momento, un filtro tan poderoso ni suficiente para sostener ésa ficción.