Por Reka Refojos
Remigio y Ataulfo subían hacia la ermita de San Roque. Iban de romería.
Al menos esa era la excusa que habían dado en casa para tener el día libre.
Comenzaba la parte más dura de la pendiente hacia la ermita, luego de dejar atrás Balea y la Caína, cuando Ataulfo se llevó la mano al bolsillo del pantalón. Frenó en seco. Agarró a Remigio, descansando la cabeza sobre el hombro de su amigo, con cara de circunstancias.
Ya fuera por lo brusco del frenazo (A pie y cuesta arriba) o por el exceso de equipaje etílico que llevaban, el caso es que a punto estuvieron ambos de dar con los huesos en el suelo, delante del corral de la señora Fina, una de las más antiguas del lugar.
―¡Cajonocarallo, Chiño! ¿Qué pasó? ―Exclamó Remigio apenas sin
aire―. Casi nos matamos.
―Pues pasa que tenemos que volver a la de Turito. Aunque no lo
parezca, me dejé el puñetero aparato junto al tazón de tinto. Hay que ir p’atrás.
―Pues vas tú, yo de aquí no me muevo, que estamos a paso y medio
del furancho de Moncho.
Remigio, sacudiéndose de encima a Ataulfo, dejó caer su trasero encima
del poyo de la casa de la Fina. El gato que estaba en la ventana, asustado,
brincó por encima del muro y se metió en el gallinero. Cuatro gallinas huyeron despavoridas; el gallo corrió tras ellas y, con un impulso inaudito, logró batir las alas lo suficiente como para superar el muro que antes había traspasado el pequeño felino.
Espantado, aterrizó en la cara de Remigio, donde le dejó su sello, entre cálido, pastoso, acido y asqueroso: Se le cagó encima. La señora Fina, asomada a la ventana, les recriminaba el jaleo que estaban montando y que no la dejaban dormir la siesta. «¡Qué es sagrada, coño!», les gritó.
Ataulfo corrió cuesta abajo tambaleante. Remigio quiso imitarle pero
entre el gallo, que no dejaba de aletearle las narices, el gato, que también
decidió unirse a la fiesta en el poyo, y los efluvios alcohólicos ―marca
Barrantes―, terminó arrodillado en el suelo, con los morros sorbiendo el barro del camino, en una postura grotesca y sumamente atractiva para el “can de palleiro” de la Fina, que se acercó a olisquear la popa del hombre postrado.
Aun así, Remigio acertó a levantar la cabeza y gritar:
―¡Chiño! No sé dónde estará tu aparato pero, aunque no lo parezca,
llevas el teléfono colgado del cuello.
Trosky, el “palleiro” de la Fina, había dejado de perder el tiempo
“cheirando” y decidió que era el momento de pasar a la acción, subiéndose a la grupa del maltrecho Remigio.