De bares aporafóbicos

Según la autora, "la aporofobia, o rechazo irracional hacia los vagabundos o desheredados se convierte en deporte nacional ".
20 de julio de 2026
5 minutos de lectura
cristina corral
La directora adjunta de Diario Marín, Cristina Corral Soilán.

La aporofobia, esa fobia o rechazo irracional hacia los vagabundos o desheredados se convierte en deporte nacional (con permiso del fútbol),
creciendo la aversión, el desprecio o el miedo hacia las personas desfavorecidas que por múltiples razones lo han perdido todo.

Si a ello le sumamos que mucho de todo ello lleva parejo un trastorno mental, como es el caso de Javi, del que en breve os hablaré, ya el cóctel es tan explosivo que nos volvemos justicieros y hacemos todo lo que podemos por eliminar de nuestro entorno -a lo Jesús Gil en Marbella-, a estos “despojos” de la sociedad opulenta en la que muchos creen vivir y de las que, ilusos, se creen parte.

Un lunes de este mes, ciudad de Pontevedra, media tarde y Javi (que por cierto, me han dicho que en su juventud era asiduo de la vida social de Marín), una persona de esta condición mental, social y que convive a diario con el vecindario en la zona de la pasarela de Pontevedra ciudad, es increpada por estar sentado en una terraza del café Bar Arrondo. Como veo que el camarero está llamando a la policía, decido invitar a Javi a un refresco para que esa llamada no siga adelante, no veo que haya lugar para ello.

El calor es abrasador y el amigo Javi va muy abrigado. El camarero me dice que no le pone nada aunque lo pague yo, le digo que me lo ponga duplicado, que nos lo vamos a tomar juntos Javi y yo, muy alterado me dice que a él no le pone nada, por lo tanto entiendo que el dueño del bar ha decidido escoger por mí, con quién puedo/debo sentarme o no yo. Insisto en pedir mi consumición, y él que no nos la pone, y que además llamará a la policía… Yo obviamente quiero mis consumiciones, así que entro en el bar a pedírselas por tercera vez y su respuesta en el interior del bar es: “Mire señora, váyase a tomar por culo”, al mismo tiempo que era jaleado por una caterva de bebedores de cerveza y una señora muy charlatana –intuyo que alguna relación debía de tener con el establecimiento- que se erigía en reina de la razón, diciendo que ese “personaje” no podía estar en ningún sitio, palabra de psicóloga titulada, entiendo… Para ella misma, cosa increble, pasar a ser mecenas de los desamparados, minutos después, ante la llegada de la policía ofreciéndole a mi amigo Javi un fajo de billetes, entiendo yo que será para esto que ahora tan de moda está “las terapias de
conversión”.

Tan admirada me dejó el ataque e insulto gratuito del camarero a mi persona, que se me pasó la sed de golpe, así como se lo cuento… y entonces ya fue cuando le dije que sintiéndolo mucho, por el cambio repentino de opinión, que ahora lo que quería era la hoja de reclamaciones… Pues miren ustedes que el chico parece que tenía una mala tarde ¡y también se negó! Porque según él ¡yo no era clienta! meu pobre, que non sabe él a estas alturas de la película que es ¡absolutamente ilegal no hacerlo! ya que
todos los establecimientos de hostelería están obligados por ley a tener disponible y a entregártela de inmediato la llamada hoja o libro de reclamaciones, si así los solicitas, hayas consumido o no, pues negarse constituye una infracción administrativa sancionable. De la misma manera que lo es negarse a admitir a alguien en ella, discriminándolo arbitrariamente. Y me dirán ustedes, sí, pero los locales tienen eso
que llaman “derecho de admisión”, obviamente, pero esta es una medida excepcional que exige cumplir ciertos límites legales, como era nuestro caso, ya que está prohibido aplicarlos cuando se rechaza a alguien por discapacidad (¿no lo son acaso los problemas de salud mental?) ¡Que lo dice la Ley 10/2017 de Galicia, ojo!, ¡no yo! pudiendo incurrir al hacerlo en una infracción muy grave ya que se considera una vulneración de los derechos fundamentales, lo que además llevaría parejo sanciones
elevadas pues los locales que incurran en discriminación se enfrentan a multas graves y al cierre del negocio. Si lo que no le gustaba era su atuendo, parece que tampoco sabía que cualquier restricción (como exigir vestimenta específica o prohibir la entrada con animales, porque uno sí había dentro y nadie se quejó) debe ser objetiva, pública y estar visible en un cartel en la entrada. Y ya en último caso, entendía que lo echase
porque la persona muestra una actitud violenta, que no era el caso, pues Javi estaba sentado en una silla, con su Fanta y sin molestar a nadie en este caso… vamos, que mucho bar y mucha bandeja, pero de conocimientos de legislación hostelera, mi amigo, del Bar Arrondo, más bien poquito, un poco al nivel de la educación con la que trata a sus potenciales clientas y sin embargo vecinas.

Visto el panorama y tras los correspondientes apelativos machiruleros de: niña, guapa etc., de la jauría consumiente (con todo mis respetos al perrito que tb estaba en el local e que non tiña culpa ningunha) salí a la calle a decirle a una amiga que no me esperase, que aquello tenía que solucionarlo, porque Javi seguía fuera, muy nervioso, insultado por otros consumidores… y eso no me parecía de recibo.

Mi fortuna fue que pasaba una patrulla de la policía nacional, a la que más tarde se unieron la local y otra más que pasaba por allí, a los GEOs no los llamaron, Javi no es tan peligroso todavía. Pues ¿pueden ustedes creer que ninguno de ellos fue capaz de conseguir que me diera el libro de reclamaciones? Eso sí, al menos al grito de “ya está bien” del agente en el interior del establecimiento, cesaron los apelativos cariñosos y patriarcales a mi persona…

En fin, que una, que es de escribir, no se desanima, a ver si en Consumo le convencen y le enseñan a este “profesional” de la hostelería, que para tener un local y atender al público, hay que saber cómo funciona, porque tirar una caña sabemos tod@s… Y lo dice una que ha servido unas cuentas comidas en el sector.

Sobre el trato recibido, pues qué decirles, que yo suelo ir a donde me tratan bien, a mí, pero sobre todo a mis amigos, pobres, ricos, cuerdos o locos, porque me niego a alimentar con mi dinero o mi presencia a determinados elementos cero empáticos de la sociedad, que quieren decidir con quién te sientas o no en su local a invitarle a un refresco en días de verano abrasadores… personajes que ojalá jamás se vean en esa situación, porque como decía Pondal en nuestro himno: “Mas, sós os ignorantes / E
férridos e duros / Imbéciles e escuros / Non nos entenden, non”.

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