El arte de no decir nada

El escritor Marcos Villar nos comenta en este artículo de opinión lo vacío que se vuelven las conversaciones de playa y bar. de charlatanería hueca.
31 de agosto de 2026
3 minutos de lectura
El escritor Marcos Villar.

Por Marcos Villar

Se está acabando el verano. O al menos eso dice el calendario, porque si nos fiamos de la meteorología, la verdad es que llevamos arrastrando un cielo gris de brumas y chubascos perpetuos desde la última semana de agosto, demostrando que las estaciones ya no guardan las formas y que el otoño patrio prefiere presentarse en formato de llovizna persistente antes de que uno haya tenido tiempo de guardar la ropa de baño. En fin, esa maravillosa tregua estival en la que uno permitía que el colesterol campase a sus anchas
y el único reloj que importaba era el de la marea toca lentamente a su fin.

Nuevo Gastro Bar Portocelo en la playa del mismo nombre.
Nuevo Gastro Bar Portocelo en la playa del mismo nombre.

Con los primeros días de septiembre ya instalados en las rutinas de la península, no solo asoma el hastío laboral, sino que nos invade de golpe la dictadura inapelable del bienestar, el postureo de la vida sana y esa insoportable obligación moral de convertirnos en versiones mejoradas de nosotros mismos a base de disciplina de cartón piedra.

Cuñado motivado

Uno se levanta una mañana cualquiera y ya tiene el reloj de muñeca —ese pequeño inquisidor digital que vibra si respiras con demasiada alegría— regañándote por no haber dormido las horas de fase REM recomendadas por la NASA. A su lado, el prójimo de turno, con mallas de compresión aerodinámica y un vaso de batido verde que huele a césped recién cortado, te saluda con la energía de un cuñado motivado en un seminario de autoayuda. Es el pistoletazo de salida para esa época en la que todo el mundo parece haber descubierto la fórmula secreta de la inmortalidad a base de prohibiciones, ayunos intermitentes y una absoluta incapacidad para disfrutar de un buen plato sin remordimientos de conciencia.

Pero lo verdaderamente fascinante de este cambio de ciclo no es solo la tiranía del gimnasio, sino comprobar cómo esa vacuidad vital se contagia a la manera que tenemos de comunicarnos, muy en sintonía con el panorama político nacional, donde los tejemanejes de septiembre, los bloques de investiduras atragantadas y los argumentarios de partido nos devuelven a esa misma rueda de hámster dialéctica: mucho ruido de sables en los argumentarios y cero contenido real. Porque si algo caracteriza al ciudadano moderno es el dominio absoluto del arte universal de no decir nada, pero engalanado con un vocabulario tan hueco como rimbombante.

Discursos enteros trufados de conceptos

Vas a una reunión, a un café o a un encuentro casual en la esquina y te encuentras al ejemplar contemporáneo —a este nativo digital de secano— hablando durante media hora con una seriedad pasmosa. Te sueltan discursos enteros trufados de conceptos vacíos, sin una sola idea detrás, moviendo las manos como si estuvieran dirigiendo la Filarmónica de Berlín pero sin haber aportado un solo dato, una sola solución ni un mínimo ápice de contenido real.

Te hablan de «sinergias transversales», de «redefinir el foco estratégico del ecosistema cotidiano» o de «procesos de deconstrucción personal», cuando lo único que querían decirte es que no tienen ni la más remota idea de por dónde le entra el agua a goteras a la casa, ni de cómo se van a aprobar los próximos presupuestos del reino.

Es la apoteosis de la verborrea huérfana de significado. Antaño, el paisano te soltaba un «eso hay que mirarlo con calma» que ya implicaba un tratado filosófico sobre la paciencia y la resignación. Hoy no: hoy te recitan un catálogo entero de eslóganes corporativos, de coaching emocional y de tacticismo parlamentario para justificar que son incapaces de comprometerse a dar un palo al agua antes del jueves.

Al final, entre la pulsera de actividad que nos mide los latidos, la meteorología gris que nos deprime el hipotálamo y esta epidemia de charlatanería hueca —tanto en la calle como en los telediarios—, uno echa de menos la sinceridad brutal de un buen silencio. Así que, ante este panorama de gurús de pacotilla y discursos de plástico, lo mejor que uno
puede hacer es pedir un café de verdad —de ese que quita el hipo y no necesita adjetivos ecológicos—, mirar de reojo al pesado de turno y dejar que su oratoria vacía se disuelva en el aire, exactamente igual que los propósitos saludables de septiembre y las promesas de los políticos en la vuelta al cole.

Verba volant, scripta manent… aunque, bien mirado, en el caso de esta gente ni vuelan ni se quedan: simplemente hacen ruido.

Diario Marín

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