El imperio del piii o cómo ser esclavo con tarjeta en el móvil

El escritor Marcos Villar llama la atención sobre el pago en móvil que cada día empieza a ser más común, recordándonos la falta de efectivo del Gran Apagón.
21 de septiembre de 2026
3 minutos de lectura
Marcos Villar (Petra Bienvenido) en una foto reciente en la Playa de Portocelo (Marín).
Marcos Villar (Petra Bienvenido) en una foto reciente en la Playa de Portocelo (Marín). Foto: DM.


Por Marcos Villar

Pasaba el otro día por la panadería —la que frecuento, de las de barrio de toda la vida— cuando un vejete pidió muy ufano: «¡Moza, media barra blanquita!». Y mientras la dependienta se la servía en su bolsa de papel, el buen hombre, de unos ochenta años largos, sacó el móvil con total soltura, lo acercó al datáfono y piii, guardándoselo de nuevo muy sonriente mientras añadía: «¡No me des tique!». Me quedé maravillado
contemplando la escena.

Ese piii triunfal del móvil en la caja del súper o de la tahona se ha convertido en la banda sonora de la modernidad más feliz y aborregada. Por si no teníamos bastante con el suplicio de la tarjetita de plástico —esa que ya nos parecía el colmo de la vanguardia—, ahora hemos dado el salto mortal sin red: pagar directamente acercando el chisme telefónico, con una sonrisa de suficiencia tecnológica que tumba de espaldas, convencidos de que somos los reyes del mambo digital porque ya no sabemos ni qué cara tiene un billete de cincuenta pavos. La cruda realidad es que nos hemos convertido en esclavos voluntarios de un holograma y de una maquinita que, a la mínima que se le cruzan los cables, te deja tirado en la acera con cara de pardillo profundo.

Porque la pela de toda la vida, esa moneda sonante y ese billete arrugado que rascaba el fondo del bolsillo, tenía una virtud sagrada de la que carece el numerito en pantalla: era soberanía y anonimato en estado puro. El efectivo no necesita wifi, no le pide permiso a ningún servidor centralizado en la otra punta del planeta, no deja un rastro milimétrico en un big data ni le paga peaje en comisiones invisibles a una panda de buitres financieros
por dejarte usar lo que ya es tuyo. Es libertad individual en papel y metal.

Y hablemos sin tapujos: libertad también de que nadie se meta en lo que nos gastamos los dineros ni sepan dónde coño estamos. Con el dinero físico, uno va por la vida sin que cada café que se toma sea un chivato electrónico. Te piras de ruta, te zampas unos bocatas en Santander, repostas en Logroño y te tomas un chisme por ahí sin que un maldito algoritmo cotilla registre tus horarios, tus manías, si estás durmiendo
plácidamente en tu casa o si te has largado a cuerpo de rey a ponerte fino de marisco.

Al entregar el morlaco en formato digital o virtual, vamos dejando un rastro de migas de pan tecnológico que ya quisieran para sí los sabuesos de la Interpol. Cada compra es una confesión notarial en tiempo real a Hacienda, al banco y al becario de turno que vigila los servidores mientras come palomitas. Pero claro, los que se ríen de los carcas que todavía llevamos suelto en la cartera —o en los bolsillos— tienen la memoria de un pez rojo y la sesera igual de hueca.

Ya no hace falta remontarse a la pandemia —cuando descubrimos de golpe que el papel moneda era lo único que no se caía cuando el sistema crujía por las costuras—, sino echar la vista atrás a aquel apagón de hace poco más de un año. Fue ver el percal en riguroso directo: la modernidad colapsada en tres segundos, los datáfonos muertos de risa tirados en el
mostrador y media legión de modernillos suplicando al panadero de toda la vida que les fiara una barra de cuarto porque ni con todo el oro virtual del mundo en su aplicación móvil podían mover un puñetero céntimo. Ahí andaban todos, con cara de circunstancias y de auténticos tontos útiles, buscando desesperadamente entre los forros de los abrigos por si asomaba una triste moneda de euro fosilizada entre pelusas.

Al final, entregarle el monopolio absoluto de nuestro dinero, de nuestra intimidad y de nuestra dignidad a los bancos y a las grandes tecnológicas a cambio de la memez de no llevar peso en el bolsillo es un negocio de besugos rematados. Nos venden comodidad y lo que nos están montando por la puerta de atrás es un corralito invisible donde cada chicle que masticamos pasa por el escáner del Gran Hermano financiero.

Así que menos pii de pantalla, menos aplausos al progreso de baratillo y un poco más de sentido común metálico, antes de que nos cueste la merienda un corte de suministro o que nos enteremos de que hasta para respirar vamos a tener que pedirle permiso al servidor central.

Pecunia non olet. Al final, los abuelos entendían infinitamente mejor la vida guardando los ahorros bajo el colchón que toda esta legión de modernos firmando su propio arresto
domiciliario digital.

Diario Marín

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