Por Alex Vórtice
Hubo un tiempo, allá por los albores de Facebook, en que un «me gusta» era un acto casi sagrado; pulsabas ese pulgar hacia arriba porque algo genuinamente te había gustado: una frase célebre que removió algo dentro de ti, una imagen que te hizo pensar, una canción que no conocías… El like era, en su versión original, un pequeño gesto de humanidad digital.
Eso fue antes.
Hoy el like es una moneda de cambio, un saludo de ascensor, una obligación social codificada en píxeles y en artificios puramente humanos. Ya casi nadie pulsa porque siente. Se pulsa porque toca, porque conviene, porque la otra persona te vio la story y sería de mala educación no corresponder. El like moderno es el «¿qué tal?» que nadie espera que respondas.
La taxonomía del like contemporáneo merece un estudio académico. Está el like de cortesía, equivalente digital a aplaudir en un recital de fin de curso, aunque el niño haya desafinado. Está el like de interés, disparado con precisión quirúrgica sobre la foto de perfil de alguien que te parece atractivo, a las tres de la madrugada, con la esperanza de que lo interprete como una señal cósmica. Está el like de networking, esa palmadita virtual que le das al jefe, al cliente, al contacto útil, con la misma autenticidad emocional con la que firmas un contrato de suministros con el demonio.
Y luego, en el escalón más bajo de esta economía de la hipocresía, está el like de devolución: tú me das, yo te doy. Un trueque emocional donde nadie pregunta si el producto es bueno, solo si el intercambio está equilibrado.
Pero la figura realmente fascinante, la que merece su propio documental de Netflix, es el seguidor fantasma.
Ya lo conoces. Lleváis meses, quizás años, siguiéndoos mutuamente. Aparece en tu lista, tú apareces en la suya, y sin embargo jamás, en ningún momento de esa coexistencia digital, te ha puesto un like. Ni uno. Ni por error.
No es que no te vea. Te ve, te observa y mastica tus movimientos cibernéticos. Su silencio tiene la precisión de un cirujano. Consume tu contenido con la avidez de un lector clandestino, sin dejar huella, sin comprometerse, sin dar señales de vida. Es el voyeur perfecto de la era algorítmica. El espía sin misión. El cotilla con wifi que no es consciente de que vida se vida por la cantidad de decadencia que puede soportar.
Lo más inquietante no es que cotillee -eso es casi un derecho humano que no está penado por las Naciones Unidas-, sino la ingeniería del disimulo que hay detrás. Porque para no dejarte un like hay que no pulsar activamente. Hay que contenerse. Hay que decidir, con plena consciencia: esto lo veo, pero no lo reconozco. Es casi un esfuerzo. Una disciplina. Merecería alguna certificación o, al menos, un aplauso vacío, silencioso.
Debo confesar algo que cambia las reglas del juego.
Hace años realicé un curso de Community Manager. Y no lo digo como quien menciona que aprendió macramé durante la pandemia. Lo digo como advertencia para mí y para aquellos que usan las Redes Sociales como quien mastica despacio, con delicadeza…
Porque una de las cosas que nadie te cuenta cuando estudias gestión de redes sociales es que, de paso, aprendes a leer personas. No perfiles: personas. La hora en que publicas, lo que comentas, lo que callas, a quién le das like y a quién se lo niegas con una constancia que ya quisiera tener yo en el gimnasio… todo eso dibuja un retrato con una precisión que debería incomodarte.
El que sabe mirar, ve, analiza y llega a conclusiones veraces.
En tu foto de perfil -como ejemplo minúsculo- un buen comunity manager puede llegar a percibir, inclusive, tus inseguridades, tus obsesiones, tus intereses reales, tus envidias silenciosas, a quién admiras, aunque finjas que no, a quién temes, aunque aparentes que no existe. Las redes sociales son el grafólogo moderno: uno cree que está publicando contenido y en realidad está firmando una confesión a cientos y cientos de personas.
Así que la próxima vez que abras Instagram a las dos de la madrugada a ver qué hace alguien que dice que te da igual, recuerda que hay gente te está leyendo como un libro abierto, con o sin cariño.
Por supuesto, todo esto tiene su reverso oscuro y su reverso luminoso, que al final son el mismo.
El reverso oscuro: hemos convertido la validación humana en una métrica. Contamos likes como votos, como si el número dijera algo verdadero sobre el valor de lo que publicamos. Un texto sin likes no es necesariamente peor que uno con doscientos. Puede que simplemente haya llegado a las personas equivocadas, o a las correctas en el momento equivocado, o a nadie, porque el algoritmo decidió que ese día tenía otras prioridades.
El reverso luminoso: precisamente porque el like ya no significa nada, a perdido su valor en el momento en que se ha comercializado. Cuando alguien a quien no conoces, que no te debe nada, que no necesita nada de ti, se detiene en medio de su scroll frenético y pulsa porque algo le ha movido por dentro de verdad, eso todavía vale. Eso es el like original. El que se perdió hace años. El que, muy de vez en cuando, reaparece como el fósil de una época en la que todo era más honesto.
Así que la próxima vez que veas ese contador, recuerda: no mide lo que crees que mide. Mide compromisos, índices de libido, estrategias, cortesías, silencios calculados y, ocasionalmente, con mucha suerte, un momento real de conexión humana que se coló por error entre tanto ruido, entre tanta banalidad y tanta hipocresía…
Así pues, cuídate de los que nunca dan like pero siempre están mirando. Y cuídate también, un poco, de ti mismo cuando das likes que no sientes.
Todos lo hacemos. Esa es la parte que da más vergüenza en estos tiempos en los que se echa tanto de menos una conversación sincera al aire libre, un roce de piel cómplice y una ayuda que se ofrece sin pedir nada a cambio.