Por Marcos Villar
Hay veranos que no se miden por los días de sol, sino por el color del humo. El paisaje —ese verde espeso o ese pinar seco que en realidad esconde una historia de abandono institucional y cicatrices compartidas— vuelve a temblar bajo la amenaza de un fuego desproporcionado, indomable, que arrasa con todo lo que encuentra a su paso.
Las cifras de los incendios activos no son meras estadísticas; son hectáreas de memoria que se convierten en pavesas mientras asistimos, impotentes, a una geografía devorada por la desidia. Ya no es solo Galicia la que sufre el azote de las llamas; el fuego devora con saña los montes de Madrid, asusta en Ávila y se extiende como una mancha de aceite por otros puntos donde el problema se ha vuelto crónico, insostenible y profundamente alarmante.

Perdón a los animales
Entre las llamas y el desgarro, la crudeza humana deja huellas profundamente conmovedoras. Ahí quedan las palabras de aquel bombero que, con el alma rota tras batallar contra el infierno, pedía perdón a los animales por no haber podido salvarlos a todos, por el maltrato implacable que el fuego inflige a la fauna indefensa.
Es la empatía descarnada frente a la fría inoperancia de quienes tendrían que blindar nuestros montes. En la otra trinchera, las reivindicaciones de los profesionales del operativo son tozudas y justas: faltan medios, sobra precariedad y se juega con la vida de quienes se ponen delante de la línea de fuego con herramientas insuficientes.
El polvorín forestal
¿Qué hacemos con nuestros montes? La respuesta duele porque apunta directamente a la raíz de un modelo fallido. Llevamos décadas convirtiendo el territorio en un polvorín forestal, apostando por especies de crecimiento rápido que alimentan la voracidad del sector mientras se desmantela el rural, se ahoga la ganadería extensiva y se abandona la limpieza tradicional.
Hemos olvidado que el monte no es un almacén de biomasa ni un solar especulativo, sino un ecosistema vivo que exige cuidado, respeto y población asentada. Lo que estamos haciendo mal es simple y trágico: tratar la tierra como un recurso de usar y tirar.
Mientras tanto, la clase política ofrece un esperpento difícil de digerir. Al margen de los colores de los partidos y de las siglas que se turnen en el poder, resulta desolador escuchar auténticas barbaridades en la calle, como aquellos comentarios absurdos que insisten en que es el propio Pedro Sánchez quien prende los fuegos, reduciendo una tragedia ecológica y estructural a la caricatura de taberna.
Recursos que escasean
Pero el esperpento institucional no se queda ahí: mientras el país arde y los recursos escasean, el foco mediático e institucional parece desvariar entre prioridades grotescas. Tenemos a dirigentes como Ayuso dilapidando dinero público en la Fórmula 1 y en los toros, con una frivolidad insultante, y mostrando una desoladora preocupación por la finca familiar de Carlos Sainz padre, La Piñonera, situada en el municipio de Cebreros, Ávila, en una frágil zona de pinares y monte junto a la Sierra de Gredos, por la que el hijo, Carlos Sainz junior —quien tributa en Mónaco—, mostró públicamente una profunda inquietud.
Es el contraste obsceno entre la España que sufre y la España de los privilegios y las alfombras rojas; entre el bombero que llora un corzo quemado y la clase dirigente que subvencionando el lujo ajeno da la espalda al patrimonio común. Los montes no se salvan con bulos tabernarios ni con lamentos estivales, sino exigiendo responsabilidades a los despachos que miran hacia otro lado mientras el país se nos quema entre las manos. «Buscad y hallaréis» (Mateo 7:7)