Por Reka Refojos
Aunque mi nombre poco significa y a nadie importa, lo quiero ver reflejado aquí, en estos papeles. Me llamo Dionisio Bastos, soy del lugar de Darbo, en el término de Cangas de Morrazo. Nací pobre porque el destino lo quiso así, eso y porque a mi padre se lo tragó el mar una noche de tormenta, dejando en tierra una mujer preñada y tres vástagos demasiado pequeños para trabajar y alimentar a toda la familia.
Siendo yo el mayor de los tres hermanos, apenas contaba cinco años cuando la ola traicionera se lo llevó, aprendí a robar y a correr antes que a hablar de forma correcta. Mi madre ayudaba en la salazón de su pariente don Pedro Barba, pero en su avanzado estado poco podía trabajar. Más que estipendio lo que traía cada día era una limosna para que no muriésemos de hambre. La pobreza es así, no sabe de familia ni de viudas, no respeta a nadie ni siquiera a los niños, por muy famélicos que estén. Y en lo que al hambre se refiere, cuando me aprietan las tripas soy como la pobreza, tampoco respeto a ninguno, cojo lo que me apetece y listo.
Admito que soy ladrón, pendenciero, mentiroso, mujeriego, pecador
empedernido y no tengo escrúpulos. He pasado por los cepos de más de una decena de villas soportando todo tipo de mofa y escarnio de las gentes de aquellos lugares donde me pillaban, mientras permanecía inmovilizado. En Mondoñedo un niño se meaba en mi cara mientras su madre lo animaba y los aldeanos jaleaban para que otros lo imitasen.
En Vigo estuve cinco días atado a una canasta de pescado podrido y en Betanzos recibí diecisiete latigazos en la plaza al tiempo que los vecinos me increpaban y arrojaban huevos y excrementos. Sin embargo, nada de esto me impidió volver a las veredas donde los peregrinos quemaban sus pies y hacían actos de caridad de camino hacia Santiago de Compostela para recibir las bendiciones del Santo.
Yo tan solo los ayudaba a ser un poco más generosos en sus acciones caritativas y más humildes en su búsqueda de santidad. Buena gente son los peregrinos, rara vez protestaban… Claro que no es de mí de quien he venido a hablarles. No, no soy yo el protagonista de esta historia. En realidad ni tan siquiera soy yo quién la va a escribir.
No soy hombre estudiado, es evidente. Mis conocimientos de la escritura
son los mismos que el contenido de mi bolsa de dineros a la salida de la
taberna: cero, vacío. Además, para diferenciar un “vellón” de un “real” no
necesito saber de lecturas ni escrituras ─esto ya me lo transcriben los
“generosos donantes” a los que ayudo a aligerar el peso de sus pecados y, por supuesto, de sus morrales─. Tampoco lo necesito para conseguir un plato de caldo caliente.
Es por todo esto que hablé con un escribiente de Punta Balea para que sea él quien transmita lo que ocurrió entre el otoño y el invierno del año del Señor de 1621, y de lo que yo fui testigo directo. Se me lleva un buen
puñado de monedas el chaval, pero sé que lo va a hacer mejor que cualquier
bachiller de Salamanca.
Primero, porque es mi sobrino. Segundo, porque desde bien pequeño me escucha hablar de ello casi cada noche. Y tercero, porque si no lo escribe como es debido los cinco reales se convertirán en cincuenta guantazos. Él sabe que siempre cumplo con lo que digo, sea en uno u otro sentido.