Por Marcos Villar
Estaba el otro día tomando una caña en el bar de siempre —ese templo inalterable donde el café sabe a achicoria de la buena y la barra huele a la mezcla sagrada de amoniaco, café y tabaco negro de estanco—, cuando la paz de la sobremesa se vio trágicamente interrumpida. Apareció por la puerta un matrimonio de forasteros pertrechados con un despliegue textil digno de una expedición al Himalaya: pantalón cargo técnico, bastones de trekking con amortiguación, gafas de sol polarizadas de marca carísima y visera impoluta.
Entraron al santuario no con la naturalidad de quien saluda al
paisano, sino con el pasito corto y la mirada escrutadora del antropólogo que visita una reserva indígena. El marido, con una barba recortada con escuadra y cartabón y una camiseta de algodón orgánico con mensaje ecológico, pidió «una kombucha de jengibre o, en su defecto, un mosto sin sulfitos, por favor». El camarero, un hombre que ha visto pasar crisis mundiales y epidemias de patata sin pestañear, se quedó mirando el grifo de la Estrella Galicia como si le hubieran pedido uranio enriquecido.
La escena tiene gracia, sí, porque el turismo estival nos convierte a todos en
especímenes dignos de estudio. Pero claro, la procesión va por dentro, y le da a uno por pensar. Porque yo soy el primero que, en cuanto rasca unos días de vacaciones, echa el asiento del coche hacia atrás, carga el maletero hasta los topes y cruza la península para plantarse en el pueblo de la familia política, perdido en esa Castilla profunda donde el llano te abraza y el termómetro por la tarde amenaza con derretir hasta las señales de
tráfico.
Y ahí es donde a uno, que es de costa y lleva el mar metido en la brisa, le asalta la duda existencial, el vértigo de la autoflagelación veraniega: ¿seré yo allí, para los lugareños que llevan toda la vida sufriendo las heladas de enero y los cuarenta grados a la sombra de agosto, exactamente ese mismo espécimen insoportable.
Uno llega muy flamante con su coche con matrícula de fuera, buscando «desconectar del estrés de la ciudad» —frase hecha que al agricultor que lleva en el tractor desde las cinco de la mañana le debe sonar a comedia de Arniches—, quejándose de que no hay cobertura de fibra óptica para mandar un mensajito, o pidiendo que por favor le bajen un poco el aire acondicionado al mesón porque hace fresco, ignorando que fuera hay un calor de forja que te funde las retinas. Nos creemos los reyes del mambo porque traemos las últimas tendencias, los abrigos por si refresca de noche —bendita ilusión cuando las noches castellanas son una balsa de aceite cálido— y esa prisa ridícula por hacer cosas, como si en el pueblo hubiera que fichar en algún sitio.
Eso por no hablar del reverso de la moneda cuando el trasvase vacacional se produce a la inversa y son los de tierra adentro quienes bajan a nuestra costa atlántica a estrenar la temporada estival olvidando un detalle geográfico elemental: las mareas. Porque, lógicamente, para quien se ha criado rodeado de campos de cereal no existen las mareas, de modo que aparcan con toda su buena fe en esa zona portuaria donde, ¡oh, casualidad!, siempre hay plazas desiertas esperándolos, hasta que el agua sube con nocturnidad y alevosía y el utilitario termina haciendo de submarino turístico en las portadas de la prensa local.
Al final, el neorruralismo es un espejo retrovisor muy cínico. Nos mofamos de los domingueros y de los modernos que miran las vacas con cara de estupefacción, pero cuando cruzamos Sierra Morena o nos adentramos en la meseta, nos convertimos de golpe en el cuñado urbano que va a dar lecciones de cómo se vive mejor en el campo, sin acordarnos de que los verdaderos dueños del lugar llevan aguantando el tipo allí todo el invierno, mientras nosotros solo pasamos a recoger la postal de agosto.
Así que, bien mirado, más nos valdría pedir otra caña en silencio, quitarnos las gafas de sol dentro del bar y rezar para que el paisano de la mesa de al lado no nos oiga criticar el estado de los caminos. Al fin y al cabo, uno cruza la península buscando ilusiones de grandeza rural, como si la vida entera fuera un gran número de cartomagia en el que alguien pudiera escamotearnos la realidad a base de talonario y gorra de marca; ojalá pudiéramos invocar ahora mismo un último chan-tata-chan de esos con los que Juan Tamariz nos enseñó de niños a mirar lo imposible, a ver ilusión donde solo había asombro y a conservar siempre, bajo la chistera o bajo el sombrero de paja, la sonrisa pícara del ilusionista.
Caelum non animum mutant qui trans mare currunt.