Por Marcos Villar.
Hay semanas en las que mirar el telediario da la impresión de asistir a una función de guiñoles donde los hilos siempre se mueven desde despachos tan lejanos como cínicos. Por un lado, nos golpea la cruda realidad de nuestra frontera sur en Ceuta, recordándonos la perpetua fragilidad de un país que siempre ha tenido que lidiar con vecinos expertos en exprimir las debilidades ajenas, utilizando la presión migratoria a la carta según sople el viento de su conveniencia geopolítica.
Es desolador escuchar cómo, en un ejercicio indigno de manipulación histórica, se atreven a cuestionar la soberanía de nuestras ciudades autónomas poniéndolas al mismo nivel que Gibraltar, ignorando deliberadamente que no hay punto de comparación posible entre un territorio plenamente español desde hace siglos y una colonia extractiva cuyo enclave es una anomalía colonial en pleno siglo XXI. La soberanía nacional se emplea como moneda de cambio mientras el
vecino del sur estira la cuerda hasta la extenuación.
Una Europa de cartón piedra
Y aquí es donde chirría de manera escandalosa el papel de esa Europa de cartón piedra, tan dada a imponer cánones, directrices asfixiantes, cuotas y normativas interminables, pero que a la hora de bregar con una frontera exterior que es tan suya como nuestra, prefiere mirar hacia otro lado y
encogerse de hombros. Pretender solucionar este polvorín estructural a base de legalizaciones masivas de cientos de miles de inmigrantes no es acoger ni integrar; es simple y llanamente una irresponsabilidad mayúscula que colapsa los servicios públicos, desatiende el sentido común y premia la vulneración de las vías legales.
Pero si cruzamos la península y miramos hacia el ombligo patrio, el panorama no mejora un ápice, convirtiéndose en este triste ejercicio de cinismo institucional. Tenemos el interminable sainete del famoso ático y las tramas empresariales que lo rodean, un bucle judicial e informativo que vuelve a poner sobre la mesa la inmensa manga ancha y la opacidad con la que se mueven ciertas autonomías cuando gobiernan los suyos, frente
a la vara de medir implacable y la cruz inquisitorial que se aplica si el color político del adversario es el equivocado. Dos varas de medir exactas para calibrar la legalidad según interese al argumentario del partido de turno, demostrando que las leyes no pesan igual para todos.
Los temblores inesperados
Y por si el asfalto y los despachos ardieran poco, la propia naturaleza parece haberse conjurado en un verano dantesco y desquiciado: mientras la geografía peninsular, desde Andalucía hasta los puntos más diversos del mapa, sufre el zarpazo desmesurado y brutal de unos incendios descomunales que arrasan nuestro patrimonio ante la desidia de quienes mandan, la tierra misma ruge con temblores inesperados como el reciente terremoto en Granada.
Un país entero que se asa bajo una atmósfera de plomo, mientras en el este peninsular el cielo descarga furibundas granizadas con piedras del tamaño de pelotas que destrozan cosechas. Y por si faltara traca final, este mismo fin de semana unas riadas repentinas y salvajes han reventado El Bierzo llevándose por delante la vida de al menos dos personas, como si el tiempo entero hubiera decidido vengarse de la iniquidad y la ceguera del hombre.
Mientras tanto, en el plano político, el esperpento se completa con una oposición que hace tiempo extravió el rumbo de Estado y se limita al bostezo previsible de llevar la contraria de forma sistemática y estéril al gobierno de turno —unas inútiles lecciones que, curiosamente, parecen olvidar con descaro cuando los papeles se invierten y son ellos los que ocupan el banco azul, debiendo tomar buena nota de lo que jamás debe hacerse desde enfrente—.
Frente a tanta miseria institucional, a nadie le importa ya el temblor global que sacude a otras latitudes lejanas, como Venezuela o Colombia, donde el mundo parece rebelarse contra sus cadenas.
El papel del monarca
Y en lo más alto de este inmenso teatro, tras esa permanente campaña de
blanqueamiento que nos vende que sin la intervención real España apenas aguantaría en pie, uno no puede dejar de preguntarse: ¿a qué espera nuestro monarca, tan dado a inauguraciones y fastos institucionales, para ejercer de verdad de jefe de Estado y mantener un diálogo directo y valiente con su homólogo marroquí que ponga fin a tanto chantaje en la frontera?
Menos mal que, a fin de cuentas, la maquinaria institucional encuentra siempre su vía de escape y la salvación mediática asoma puntual por el horizonte: la liga de fútbol echó a andar este pasado sábado 15 de agosto, lista para que el circo siga rodando, las tertulias se llenen de polémicas arbitrales de pacotilla y la parroquia entera se anestesie con noventa minutos de césped, evitando así pensar demasiado en quién maneja
realmente los hilos. Panem et circenses.