Por Alexander Vórtice
A partir de la cita atribuida a Jean-Paul Sartre: «Bienvenido al siglo 21, donde el sexo es gratis y el amor es caro…»
Bienvenido al siglo XXI. Le han quitado el precio a lo que costaba y le han puesto precio a lo que era gratis, y a nadie parece extrañarle la operación. El sexo, dicen, es gratis. El amor, en cambio, cotiza al alza, se paga a plazos, se financia con la ilusión y se ejecuta la hipoteca en cuanto deja de rendir. Hemos democratizado el cuerpo y hemos privatizado el alma. Quién lo iba a decir: la revolución llegó, pero llegó al revés.
La pizza tarda doce minutos. La ambulancia, cuando llega, ya no encuentra pulso. Hemos construido un mundo capaz de traerte la cena caliente a domicilio pero incapaz de mantenerte con vida hasta que suene el timbre. Es una cuestión de prioridades logísticas: el hambre es un mercado, la urgencia médica es un trámite. Y así, entre el repartidor y el paramédico, elegimos siempre al que llega antes, aunque el que llega antes no nos vaya a salvar la vida.
Perder el teléfono
Perder el teléfono duele más que perder la dignidad. Esto no es una hipérbole, es un diagnóstico. La dignidad se puede reconstruir en silencio, sin testigos, sin que nadie lo note; el teléfono, en cambio, contiene los testigos. Contiene la prueba de que existimos, de que alguien nos escribió, de que fuimos vistos por última vez en línea.
Perder el teléfono es perder la evidencia. La dignidad, sin evidencia, ya no cotiza en bolsa. La ropa determina el valor de una persona. Esto también lo sabíamos, pero ahora lo confesamos con orgullo, en formato reel, con música de fondo y buena iluminación.
Nos vestimos de marca para que el algoritmo nos identifique como personas de valor, y el algoritmo, agradecido, nos multiplica el alcance. El dinero te define como persona: ya no hace falta ni interpretarlo, viene impreso en la talla, en el logo, en la manera exacta en que la tela cae sobre los hombros de quien puede permitírsela. El pobre, en este relato, no tiene mala suerte: tiene mal gusto. Es un defecto de fabricación, no una circunstancia.
Y así llegamos, con la lógica implacable de quien ha sumado bien las cuentas, a la era de la decadencia. No la decadencia romana, con sus vómitos rituales y sus orgías organizadas; esta es una decadencia más discreta, más funcional, más compatible con el horario laboral. Es la decadencia del scroll infinito, la que no necesita vino porque ya tiene notificaciones. Mentir es una moda: se mueve de temporada en temporada, se combina con cualquier prenda, favorece a casi todos los tonos de piel.
Traicionar es inteligencia
Traicionar es inteligencia: se llama estrategia, se llama saber leer el tablero, se llama estar un paso por delante. Y la pobreza —ah, la pobreza— ha dejado de ser una injusticia estructural para convertirse en un defecto de carácter, casi una falta de estilo, algo que se corrige con más disciplina y menos quejas, según nos explican quienes nunca la han tocado con las manos.
Lo curioso, lo verdaderamente curioso, es que a nadie le hace falta que se lo
expliquen. Todos hemos firmado este contrato sin leer la letra pequeña, porque la letra pequeña estaba escrita en un idioma que entendemos perfectamente pero preferimos no traducir en voz alta. Sabemos que la ambulancia llega tarde. Sabemos que el teléfono pesa más que la conciencia. Sabemos que la ropa habla antes que nosotros y que, cuando por fin hablamos, ya nos han juzgado por la etiqueta. Lo sabemos, y seguimos pidiendo la pizza.
Podríamos indignarnos. Podríamos escribir manifiestos, organizar asambleas, incendiar la plaza pública con la furia justa de quien ha entendido el engranaje. Pero la indignación, en la era de la decadencia, también tiene fecha de caducidad: dura lo que dura una historia de Instagram, veinticuatro horas, y después se archiva junto a las demás emociones que tuvimos y ya no necesitamos. Nos indignamos con la
misma velocidad con la que olvidamos, y ambas cosas ocurren, cómo no, mientras esperamos el pedido.
Quizá el verdadero diagnóstico no sea el de Sartre, ni el de nadie que firme frases con vocación de aforismo. Quizá el diagnóstico sea más simple y más incómodo: no vivimos en un siglo decadente porque el mundo se haya corrompido a nuestras espaldas, sino porque hemos decidido, cada uno de nosotros, con plena lucidez, que la comodidad vale más que la coherencia. Nadie nos obligó a poner precio al amor. Lo hicimos nosotros, con la misma mano que desliza la tarjeta y la misma mano que da like. Y sin embargo —porque siempre hay un sin embargo, aunque sea el último gesto de quien todavía cree que merece la pena escribir esto— queda una grieta.
La dignidad no cotiza en bolsa, es verdad, pero tampoco necesita cotizar. No se compra, no se financia, no se pierde con el teléfono. Sigue ahí, terca, anticuada, profundamente inútil para el mercado, esperando a que alguien decida que no todo, en esta era, tiene por qué tener precio. Puede que ese sea el único lujo verdadero que nos queda: el de negarnos, de vez en cuando, a hacer bien las cuentas.