La insoportable levedad del ser

Marcos Villar analiza en este artículo de opinión "la pérdida de la capacidad para sostener una conversación pausada a la orilla de la ría o un café sin mirar el móvil cada minuto".
27 de julio de 2026
1 minuto lectura
El escritor Marcos Villar.

Por Marcos Villar

Hay días en los que uno tiene la sensación de que caminamos sobre el aire, pero no por felicidad, sino por pura superficialidad. Milan Kundera ya nos advirtió hace décadas en La insoportable levedad del ser sobre el peso de la existencia y cómo, al reflexionar sobre ella, comprendemos que la vida humana ocurre una sola vez y no podemos compararla con vidas previas ni corregirla después, lo que nos lleva a vivir con una especie de levedad insoportable, donde las decisiones parecen no tener peso definitivo, pero a la vez nos dejan vacíos.

Hoy en día hemos mercantilizado el tiempo y las relaciones. Nos hemos vuelto expertos en acumular contactos, notificaciones y estímulos de diez segundos, mientras perdemos la capacidad para sostener una conversación pausada a la orilla de la ría o un café sin mirar el móvil cada medio minuto.

El individualismo feroz en el que nos han instalado nos vende que somos más libres cuanto menos dependemos de los demás, cuando la realidad es justo la contraria: somos más frágiles, más solitarios e infinitamente más manipulables.

Nos da miedo el compromiso porque pesa, porque exige renuncias y porque nos obliga a mirar de frente los problemas reales de nuestra comunidad. Preferimos el usar y tirar, el instante fugaz que se evapora en cuanto apagamos la pantalla.

Al final, corremos el riesgo de convertirnos en espectadores de nuestra propia vida, aplaudiendo desde la barrera una función en la que nadie se atreve a jugarse nada de verdad.

Quizá ya va siendo hora de recuperar un poco de peso específico. De reivindicar el valor de lo pausado, de mirar a los ojos sin filtros de por medio y de recordar que la ligereza con la que nos venden que debemos vivir no es libertad; al contrario, es la coartada perfecta para no importarles absolutamente a nadie. Porque al final, lo único que de verdad nos ancla al suelo y nos hace humanos es aquello por lo que estamos dispuestos a sostenernos los unos a los otros.

Diario Marín

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