La ironía absurda

Alexandre Vórticie relaciona en este artículo la Ley de Murphy y Camus, cuando "Lo que resulta insoportablemente irónico es que la propia muerte de Camus parece haber sido calculada por un guionista murphysta con sentido del humor negro".
3 de agosto de 2026
4 minutos de lectura
El escritor y poeta, Alex Vórtice.
El escritor y poeta, Alex Vórtice.

Por Alexandre Vórtice

Albert Camus murió el 4 de enero de 1960, en un Facel Vega que se estrelló contra un árbol cerca de Villeblevin, a menos de cien kilómetros de París. Iba de copiloto. En su bolsillo llevaba un billete de tren sin usar: había planeado volver en ferrocarril, pero su editor y amigo Michel Gallimard lo convenció de hacer el trayecto en coche, porque hacía buen día y porque un coche nuevo y veloz siempre parece buena idea hasta que deja de serlo. Gallimard murió días después, de las heridas. Camus murió en el acto, con la cabeza contra el parabrisas y, dicen algunos biógrafos (con ese gusto
casi obsceno que tenemos por rematar las tragedias con un detalle perfecto), con un manuscrito inacabado de El primer hombre todavía en la cartera.

Ahí está la paradoja completa, servida sin que nadie tuviera que inventarla: el hombre que escribió que el único problema filosófico verdaderamente serio era el suicidio -si vale la pena vivir, y por tanto si vale la pena seguir existiendo pese a la ausencia de sentido- muere en un accidente que ni siquiera eligió, en un vehículo que no quería tomar, por una decisión ajena tomada con la mejor voluntad del mundo. No hay heroísmo posible ahí. No hay sentido que rescatar. Solo la mecánica ciega del mundo cumpliendo, sin ironía consciente pero con una precisión casi cómica, la tesis central de quien la escribió.

Y es en este punto exacto donde conviene traer a escena a un ingeniero aeroespacial estadounidense llamado Edward Murphy, que en 1949, trabajando en pruebas de desaceleración para la fuerza aérea, formuló sin proponérselo la teología no religiosa más influyente del siglo XX: si algo puede salir mal, saldrá mal. Murphy hablaba de sensores mal instalados, no de metafísica. Pero su frase escapó del laboratorio como escapan las buenas maldiciones, y terminó convertida en la explicación de andar por casa de por qué el pan siempre cae con la mantequilla hacia abajo, por qué la cola contigua avanza más rápido, y por qué un escritor que despreciaba el azar como categoría filosófica válida termina siendo su ejemplo más citado.

La ley de Murphy y Camus

Porque la Ley de Murphy y el pensamiento de Camus no son enemigos, como podría parecer a primera vista —uno cómico y menor, el otro trágico y mayor—; son la misma observación pronunciada en dos registros distintos. Murphy dice: el universo tiene una tendencia estadística a fastidiarte, y esa tendencia no es persecución, es simple probabilidad jugando su juego indiferente. Camus dice exactamente lo mismo con más elegancia: el mundo no está organizado para responder a nuestras expectativas de sentido, y nuestra costumbre de esperar que lo esté es la fuente de todo absurdo. La diferencia es que Murphy lo dice sobre tornillos y Camus sobre la existencia entera, pero el mecanismo -la indiferencia radical de las cosas frente al deseo humano de coherencia- es idéntico. Uno se ríe con desconcierto de la tostada; el otro se enfrenta, sin risa, al vacío.

Pero ambos están describiendo el mismo defecto de fábrica del universo: no fue diseñado para nosotros, y a veces esa falta de diseño se manifiesta como comedia doméstica y otras veces como un árbol en una carretera
francesa. Lo que resulta insoportablemente irónico (insoportable en el sentido preciso en que Camus usaba esa palabra, no como queja sino como diagnóstico) es que su propia muerte parece haber sido calculada por un guionista murphysta con sentido del humor negro. Tenía un billete de tren, el medio de transporte que estadísticamente no lo habría matado ese día. Lo cambió por un coche, precisamente el objeto que sí podía matarlo, y lo hizo. No por descuido, no por soberbia, sino por la razón más banal posible: alguien más quiso llevarlo en su coche nuevo y él, por cortesía o por gusto, aceptó. Si algo podía salir mal —un neumático que revienta a alta velocidad, dicen los informes—, salió mal. Murphy no habría pedido un ejemplo mejor ni con guion propio.

Y sin embargo —aquí la trampa que nos tiende su propia biografía— cuesta no leer su muerte como un signo, como un cierre narrativo perfecto que el propio Camus habría desmontado con una ceja levantada: “no busquen la moraleja, no la hay, y el hecho de que la busquen es exactamente el problema que llevo veinte años señalando”. Esa resistencia a la moraleja es, curiosamente, lo único que lo distingue de Murphy: el ingeniero convirtió la fatalidad en chiste de oficina, aceptable y hasta reconfortante —“ya se sabe, todo sale mal, qué se le va a hacer”—; Camus se negó a que la fatalidad se volviera consuelo de ningún tipo, cómico o trágico. Para él, aceptar que las cosas salen mal no debía traducirse en resignación ni en gracia, sino en la obligación de seguir empujando la piedra exactamente igual, sabiendo que el árbol siempre está ahí, en alguna curva que no elegimos.

Esa es quizás la paradoja mayor de toda vida humana, no solo la suya: narramos el azar como si fuera destino, y cuando el destino resulta demasiado cruel para ser solo azar, lo vestimos de ley física con nombre propio para que al menos tenga la decencia de ser previsible. Murphy nos ofrece esa limosna: si el desastre es estadísticamente inevitable, deja de ser personal, deja de estar dirigido contra nosotros. Camus nos la quita de las manos. No hay estadística que consuele a un hombre con un billete de
tren sin usar en el bolsillo. Y ahí, exactamente ahí, es donde su muerte termina de escribir lo que su obra dejó pendiente. Porque si algo podía salir mal, salió mal -eso ya lo sabía Murphy, eso lo sabe cualquiera que haya perdido un vuelo o un amor por diez minutos de más-.

Pero Camus nos había advertido de algo más difícil de tragar: que incluso
sabiéndolo, incluso viendo venir el árbol, seguimos subiendo al coche. No por ignorancia. Por lucidez. Sísifo no empuja la piedra porque desconozca que volverá a caer; la empuja precisamente porque lo sabe, y elige no detenerse. Camus subió a ese coche sabiendo lo que sabía sobre el azar, el absurdo y la ausencia de guion. Y aun así subió. Esa, y no el accidente, es la verdadera paradoja: no que el árbol estuviera ahí, sino que un hombre que había pasado veinte años enseñándonos a mirar de frente la posibilidad del árbol, siguiera subiendo a los coches. Ninguna ley, ni la de Murphy ni
ninguna otra, explica eso. Solo lo constata.

Diario Marín

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