La niña que curaba mariposas

"La niña que curaba a las mariposas", un relato precioso de Reka Refojos deja en el aire la mirada infantil y sensible de la infancia.
21 de septiembre de 2026
4 minutos de lectura
El escritor y articulista Reka Refojos.
El escritor y articulista Reka Refojos.

Por Reka Refojos

En la casa de los Dominguez nunca pasaba nada especial. Manolo, el
cabeza de familia solía decir que los genes familiares estaban marcados por el apellido: la paz dominical de un plácido domingo. No es que fuera creyente, ni nada por el estilo, simplemente le agradaba esa tranquilidad de su día de descanso; el no tener que acudir a la fábrica, donde trabajaba; y, sobre todo, disfrutar de un día completo con su familia. Manolo era un hombre hogareño al que no le gustaban los sobresaltos ni las escenas fuera de lugar que pudieran alterar su momento zen de la semana. Margarita, su hija de siete años, era todo lo contrario a su padre, un diminuto trasto lleno de energía que no paraba quieta ni cuando dormía.

―¿Estás segura de que esta niña es hija mía, Maruja? ―Le preguntaba
una y otra vez a su esposa―. No parece tener la sangre calmada que tenemos los Dominguez.

―Quizás haya salido a mi familia. Ya sabes que los Rebollo somos más
de ser “culo inquieto” que “culo parao”. Ten paciencia con ella, Manolo.
Es domingo y los Dominguez Rebollo han decidido acudir a la Casa de
la Cultura para ver una exposición ambulante de “bichos” que han traído desde la capital. Bueno, en realidad fue el cabeza de familia quien lo decidió. Las chicas han dicho que sí y punto. Margarita, aunque no tenía ni idea de que bichos iban a ver, no puso objeción alguna. Siendo una niña de ciudad, los únicos bichos que conocía eran las arañas que veía en las escaleras de la finca donde vivían, o las moscas que no dejaban de incordiar cuando llegaba el calor. No le gustaban ninguna de las dos especies. Tampoco le gustaban los mosquitos que llegaban cada verano para dejarle los bracitos llenos de picaduras. No, no le gustaban, y por esa razón no estaba demasiado segura de que pudiera ver algo interesante en esa exposición. Ella tenía muy claro que de mayor quería ser enfermera, y en los hospitales no había bichos, seguro.

No es que hubiera mucho ambiente en la entrada de la sala. A decir
verdad eran los únicos visitantes en ese momento. Bueno, también hay que
decir que Manolo solía huir de las aglomeraciones por lo que en el momento que el bedel abrió las puertas ellos ya estaban allí. Un joven, bien vestido y de modales refinados, les conminó a esperar unos minutos para que llegaran más visitantes y así hacerles una visita guiada. No pusieron objeción. Diez minutos más tarde un grupito de ocho personas seguían a Emilio, que así se llamaba el guía, por las diferentes salas de la exposición. La pequeña Margarita miraba asombrada el interior de las diferentes urnas mientras escuchaba atenta las explicaciones del muchacho.

Arañas de todos los tipos y tamaños; Escarabajos, cada cual más raro; orugas y gusanos, feos todos como demonios; tres terrarios con hormigas vivas en los que se podía ver el interior de sus hormigueros. Esto ya le gustó más a la niña. Y por fin llegaron a la joya de la exposición: la sala de los lepidópteros. Las mariposas.

―Papi, son los animales más bellos que jamás he visto ―le dijo la niña
a su padre en voz baja. Él asintió en silencio. También estaba impresionado― ¿Por qué no se mueven como las hormigas? ―Preguntó al guía.

―Porque están clavadas dentro de la urna. Si no fuese así, escaparían
volando ―Contestó el chico, mirándola con una sonrisa pícara y burlona.
Margarita calló la boca, se acercó más al cristal que la separaba de un
grupo de mariposas Monarca y pudo ver el alfiler que atravesaba el cuerpo de aquellas pequeñas hadas. Ya no pronunció ni una palabra más durante el resto de la visita. Ni tampoco el resto del domingo. Al día siguiente, lunes, al regresar del cole, dijo a su madre que había quedado con Sabela, su mejor amiga, para hacer deberes en su casa. Fue a su habitación, cogió el pequeño botiquín de enfermera ―el que le habían traído los Reyes Magos de Oriente― y salió disparada de casa. Por supuesto no fue a casa de Sabela. Se fue derecha a la Casa de la Cultura. Esperó a que el guía saliese a tomar un café, o lo que fuera que tomaban los guías en su momento de descanso. Entró esquivando al bedel y se dirigió a la sala más bonita de todo el recinto: la sala de las mariposas.

Fue abriendo los expositores que no estaban bajo llave. Sacó el botiquín del
interior de la mochila y extrajo una cajita multicolor. Al cabo de unos minutos salió del recinto de la misma forma en la que había entrado: sin ser vista. Ya en la calle echó a correr como si la persiguiera una jauría de perros rabiosos. Cuando Emilio, el guía, regresó de su receso se dio cuenta de que algo no estaba bien. Cinco arcas de la sala de lepidópteros tenían la tapa levantada. En cuatro zancadas se plantó allí. Lo que vieron sus ojos, su mente no fue capaz de asimilarlo: todas y cada una de las mariposas tenían pegadas en el torso, justo encima de la cabeza del alfiler allí clavado, una diminuta tirita de vivos colores.

Al domingo siguiente, Manolo decidió que hacía un día magnifico para
pasear por la playa. Margarita dijo que le encantaría volver a la exposición de animalitos. Después de un breve rifirrafe, y como no podía ser de otro modo, la niña se salió con la suya. Volvieron a la Casa de la Cultura. Emilio les volvió a explicar todas y cada una de las diferentes especies de “bichos”. Ya en la última sala, la más bonita de todas, contó que habían tenido algún
contratiempo durante la semana y que, sintiéndolo mucho, faltaban algunos especímenes. Cinco expositores continuaban con la tapa abierta.
―Seguro que se han curado y salieron volando ―susurró la pequeña
Margarita a su padre, guiñándole un ojo, con una enorme y triunfal sonrisa
iluminándole el rostro.

Diario Marín

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