La paradoja de las murallas de cristal

El escritor Marcos Villar advierte en este artículo sobre política migratoria "si el Ejecutivo navega en la empanada mental, la oposición se instala directamente en la verbena de la demagogia".
14 de septiembre de 2026
2 minutos de lectura
El escritor, Marcos Villar, graduado en Derecho escribe sobre la Arquitectura Judicial.
El escritor, Marcos Villar, graduado en Derecho escribe sobre la Arquitectura Judicial.

Por Marcos Villar

La paradoja de la tolerancia, formulada por Karl Popper en 1945, establece que la tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia, ya que si extendemos esta tolerancia incluso a los intolerantes y no nos preparamos para defender una sociedad tolerante frente a sus tropelías, el resultado será la destrucción de los tolerantes y de la propia tolerancia.

Por ello, Popper advertía que debemos reclamar el derecho a no tolerar a los intolerantes y considerar criminal cualquier incitación a la intolerancia.
Aplicar el cuento de Popper a las recurrentes crisis de Ceuta es ponerle un espejo de feria a una clase política que lleva años surfeando el drama a golpe de eslogan, incapaz de gestionar un problema serio sin convertirlo en mitin.

La teoría encaja como un guante en la frontera: el Estado se pone estupendo invocando los derechos humanos y la convivencia, pero luego el perímetro parece una zona franca del despropósito jurídico y moral donde nuestros supuestos valores hacen aguas por todas partes. Y es ahí donde al personal se le cae la careta, tanto en el banco azul como enfrente, con una verdad tan grande como un templo: el día que los de la oposición gobiernen, tendrán que firmar exactamente lo que les mande Europa, que es quien de verdad corta el bacalao y baila en la sombra con estas crisis, tragándose con patatas sus propias bravatas de brocha gorda. Pero oye, como hoy juegan con red, prefieren seguir vendiendo el cuento chino que mejor alimenta a su parroquia.

Por un lado, el Gobierno central camina permanentemente sobre el alambre haciendo malabarismos de circo. Su gran estrategia consiste en apagar fuegos con postureo de cara a la galería y parches diplomáticos de andar por casa, atrapado en su propia verborrea buenista mientras la presión migratoria desborda los centros y Bruselas aprieta las tuercas. Gestionan la frontera pensando en las próximas elecciones y en no enfadar a sus socios, lo que se traduce en una indefinición de manual: ni hay política migratoria a largo plazo ni se asumen los costes de defender la soberanía frente a quien utiliza los flujos humanos como chantaje.

Gobernación a salto de mata, donde la “tolerancia” institucional se parece demasiado a lavarse las manos. Pero si el Ejecutivo navega en la empanada mental, la oposición se instala directamente en la verbena de la demagogia más barata. Su uso de Ceuta es de traca patriótica: cada crisis es un plató de televisión. Se ponen flamantes exigiendo medidas de fuerza imposibles solo para desgastar al rival, con el cinismo absoluto de saber que si vuelven a
Moncloa tendrán que obedecer religiosamente las normas comunitarias.

A esta gente no le importa un rábano la seguridad de la frontera ni los equilibrios geopolíticos; lo que quieren es ruido, munición para el telediario y aplicar una intolerancia de andar por casa que dinamita el Estado de derecho desde los cimientos.

Al final, unos por omisión y otros por puro afán pirómano, reducen Ceuta a un secarral electoral. Popper decía que tragar con el intolerante destruye la sociedad; aquí, tragar con la mediocridad de unos políticos que venden milagros de pacotilla mientras la seguridad del ciudadano se subordina al tacticismo barato es lo que está vaciando la democracia por dentro. Salus populi suprema lex esto, o lo que es lo mismo: menos bromas y un poco de
seriedad de una vez.

Diario Marín

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