Por Marcos Villar (Petra Bienvenido)
Ayer, antes de las doce de la mañana, ya zozobrados por veintiún autobuses del país vecino en Samil —y eso que la bruma mañanera invitaba a quedarse en casa hasta que el sol tuviese a bien limpiar el cielo—, la playa vuelve a su incansable turra de todos los años.
Parcelas y más parcelas valladas con cortavientos que parecen latifundios y un sinnúmero de sombrillas celosas de su estricta intimidad. Por supuesto, los gorrillas pululan campantes, como si el asfalto fuera herencia directa de sus abuelos.
Y mientras tanto, ni una gota de agua para los lavapiés desde hace más de una semana —igual habría que prohibirle el chavalaje las duchas con champú anticaspa, pero dejar un exiguo chorro para quitar la sal, digo yo—. ¿Será que cuanta más libertad nos regalan, más brutos nos ponemos y más manuales de urbanidad necesitamos para no mordernos en las esquinas? Misterios sin resolver.
La gran duda es si ese turismo de alpargata y nevera de corcho blanco resulta realmente rentable, sobre todo cuando traen el lote completo de cerveza de importación desde su casa e invaden, como auténticos vikingos desembarcando en Catoira, las mesas de los pinares sin dejar ni un resquicio para que el sufrido vecino pueda pasar hacia el arenal. En fin, cosas del progreso.
Para rematar la jugada, la noche coronó la velada con los fuegos de Bouzas retrasados hasta la una de la madrugada. Un desbarajuste lógico, claro, porque la selección se estaba jugando la final contra Argentina. Y oye, se ganó el partido por todo lo alto, que lo cortés no quita lo valiente y hay que reconocérselo a los chavales.
Lo fascinante es descubrir que semejante gesta deportiva en una pantalla de televisión autoriza automáticamente a cuatro horas de civismo estelar: tubos de escape sin silenciador que despiertan a los muertos, acelerones en escúteres al borde del infarto y una sinfonía de cláxones desaforados a altas horas de la madrugada. Da igual, España ganó. Todo va sobre ruedas.