Por Reka Refojos
No sé si fue Arquímedes, Pascal, Gay-Lussac o Benito, mi vecino el fontanero, quien dijo que aplicando una ligera presión con el dedo índice sobre un punto donde estuviera un liquido encerrado, esta genera una energía que multiplica la fuerza en el otro extremo… o algo así. No pienso entrar ahora en conflictos con los principios de la Hidráulica.
La cuestión es que contemplando la estatua de Colón en Barcelona me asaltaron estos asuntos, además de otros más trascendentales. Ese índice del navegante es el culpable de que hoy esté sentado aquí, a las 6 de la mañana, sin haber pegado ojo en toda la noche.
Primera y fundamental cuestión: ¿Por qué su dedo, ese dedo índice, apunta hacia el Sudeste? Cuando salió de Palos puso rumbo Noroeste, exactamente en dirección contraria. Y ahí tenemos el quid de todo esto.
Cuando este intrépido marino estaba postrado ante su reina, con la rodilla hincada, en posición sumisa para conseguir la financiación necesaria para su viaje, levantó levemente la mirada. Isabel, en pie ante Colón, alzó el dedo índice para advertirle de lo que supondría el no alcanzar los objetivos. «Vas lista, mi reina. Tú vas a tener tus réditos, pero el grueso del capital será mío», murmuró el navegante entre dientes mientras volvía a bajar la cabeza.
―”Arrapañar” con todo lo que podáis que nos volvemos para casa ―les
dijo Cristobal Colón a los suyos, en los instantes previos al viaje de regreso,
levantando el dedo índice para sentenciar la frase. Ese dedo índice que lo
decía todo y no decía nada… Aún tardaron bastante tiempo en iniciar ese
retorno.
Y ahora llega mi conclusión: Cristobal Colón era morracense, estoy
seguro, de Cangas para ser más exactos. Nadie que nos levante el dedo índice tratando de imponer su criterio, o lo que sea que nos quiera imponer, va a conseguir su objetivo. Los de Cangas siempre tendemos a llevar la contraria.
