Por Marcos Villar.
Hay costumbres que nunca se pierden, como recordar de vez en cuando que Melilla ya era española desde 1497 — pocos años después de que Cristóbal Colón anduviera despistado por América creyendo haber encontrado el camino corto a las especias— y que Ceuta, integrada en nuestra órbita desde la unión de coronas de finales del siglo XVI y ratificada su españolidad por propia voluntad de sus vecinos en el siglo XVII, ya lucía colores patrios mucho antes de que a los estrategas de la diplomacia de Rabat se les ocurriera rediseñar el mapa geográfico a base de patadas en la verja. Pero claro, la memoria histórica es un artefacto muy molesto cuando a los tronos vecinos les da por reescribir el pasado a conveniencia.
Lo divertido del asunto es ver cómo, mientras los despachos ministeriales se afanan en mirar hacia Cuenca y negar la mayor con una sonrisa de circunstancias, los informes de los agentes que están a pie de calle —esos sufridos policías que se juegan el tipo en la frontera— apuntan a lo evidente: un «guiado activo» y una permisividad más que sospechosa por parte de las autoridades alauíes. Pero ya se sabe que para los altos cargos del ramo, un informe policial solo es incómodo si contradice el argumentario oficial del telediario.
Naturalmente, en esta comedia de enredos geopolíticos no podía faltar el invitado de honor: Mohamed VI, déspota absolutista con carnet de socio de honor de la vieja aristocracia europea. Al fin y al cabo, la sintonía entre palacios viene de lejos, cimentada sobre una sólida tradición de complicidades donde las líneas rojas se difuminan siempre que haya un buen entendimiento entre familias coronadas. Que el monarca vecino nos
apriete las clavijas cuando le apetece el capricho no quita para que nuestros próceres sigan tratándole con el mimo protocolario de un invitado de boda al que nadie se atreve a afearle que haya venido sin corbata.
Lo verdaderamente cómico —por no llamarlo de otra manera— es contemplar el número de circo que monta nuestra oposición, con el PP y Vox haciendo horas extra en el arte del servilismo exterior. Tienen la brújula geopolítica tan desorientada que son capaces de hacerle el caldo gordo a un estado extranjero y presionar a su propio país con tal de arañar un puñado de votos, aplaudiendo con las orejas cualquier estrategia que debilite al rival doméstico.
En medio de este sainete, uno no puede dejar de preguntarse qué pintan exactamente bandas de ultras de querencia neonazi pululando por las inmediaciones, dando cabezazos al mobiliario urbano y amenazando a los periodistas con la finura mental de un adoquín, como si la geopolítica del Estrecho se solucionara a base de testosterona barata y consignas de patio de colegio.
Ceuta y no el ático
Claro que, para distracción de la grey, siempre se puede contar con los grandes éxitos de la casa. Ahí teníamos estos días a Ayuso sentenciando con solemne indignación que lo verdaderamente importante aquí es Ceuta y no su famoso ático —ese humilde chamizo del que, casualmente, aseguraba no saber ni de su existencia, por mucho que los planos
y las visitas de cortesía sugirieran lo contrario—.
Que conste que el Gobierno patrio tampoco gana el premio a la finura en la gestión de este mascarón de proa; lo suyo es más bien el arte de contemporizar mientras le caen chuzos de punta. Pero los radicales de las algaradas y el ventilador político, esos que convierten cualquier incidente fronterizo en una verbena de indignación tabernaria, demuestran una vez más que no buscan soluciones, sino ruido de sables para entretener
a la parroquia.
Al final, entre soberanías de siglos, informes metidos en el cajón, áticos despistados y patriotas de pacotilla repartiendo collejas frente a las cámaras, lo único coherente es mirar el percal con la distancia que da el sarcasmo. Ay, qué alegría nos trae la vuelta de vacaciones; qué sería de nosotros sin esta crispación tan nuestra que nos alimenta el alma. Yo, por si acaso, me voy a farmear aura un buen rato.
Si vis pacem, para bellum… o al menos, procura no invitar a cenar al rey de enfrente mientras los corifeos del país te montan el número en la acera de enfrente.