Por Alexandre Vórtice
Hernán Cortés llegó a una playa que no era suya, miró sus naves y decidió que la mejor estrategia militar de la historia era quedarse sin estrategia de salida. Quemó los barcos. Sus hombres, que hasta ese momento conservaban la opción civilizada de arrepentirse, descubrieron de golpe que el arrepentimiento ya no figuraba en el menú. Ochocientas leguas de mar y ni una tabla flotando. Ese es el gesto que la posteridad decidió admirar: la determinación. Curioso que llamemos determinación a lo que, mirado de cerca, es simplemente no dejarle a nadie más remedio que el tuyo.
Nos encanta esta historia. La repetimos en charlas motivacionales, la tatuamos en metáfora sobre la piel de nuestros propósitos de año nuevo, la convertimos en frase de escritorio junto a la taza que dice “Live, Laugh, Love”. Quema tus barcos. Compromete tu vida entera con la primera decisión razonable que tomes un martes por la tarde. Nadie pregunta qué pasó con los hombres de Cortés que no querían conquistar nada, que simplemente querían volver a casa, ver crecer a sus hijos y morir de viejos en una cama y no de fiebre en una jungla ajena. A esos no les preguntaron. El fuego no distingue vocaciones.
Ahí está el primer engaño de la frase: se presenta como filosofía de la voluntad y en realidad es una técnica de gestión de personal. Quien quema los barcos casi nunca es quien rema en ellos. El general decide la hoguera; el soldado descubre, ya sin remo, que ha sido convertido en protagonista de una épica que no escribió. La retórica del compromiso total suena maravillosa cuando la pronuncia quien tiene la cerilla. Suena distinto cuando te la aplican a ti mientras alguien más se queda, discretamente,
con un bote de remos escondido detrás de una roca. Porque siempre hay alguien con un bote escondido. Siempre. La historia de la determinación humana es, en el fondo, la historia de quién se guardó la salida de emergencia mientras predicaba que no existían salidas.
Y sin embargo —aquí es donde uno debería sentirse incómodo consigo mismo— la frase no es del todo mentira. Ese es su peligro. Hay algo profundamente cierto en la idea de que la posibilidad de huida corrompe el presente. Quien conserva la opción de retirarse no está del todo donde dice estar; una parte de él permanece amarrada al muelle, calculando distancias, midiendo el combustible, revisando el reloj como quien no ha decidido nada todavía. Vivimos rodeados de barcos sin quemar. Trabajos
que no dejamos por si acaso. Relaciones que no cerramos por si acaso.
Vidas enteras vividas «por si acaso», que es la forma más elegante de no vivir ninguna. El «por si acaso» es nuestra religión secular:
no creemos en Dios, pero mantenemos un plan B por reverencia a un destino que sospechamos hostil. El problema —siempre hay un problema, esto no sería un texto honesto si no lo hubiera— es que la civilización moderna ha convertido «quemar los barcos» en una estética sin contenido. Hoy quemamos los barcos en Instagram y guardamos las cenizas para el siguiente post. Renunciamos «definitivamente» a trabajos que retomamos seis meses después con otro nombre en el currículum.
Cortamos relaciones de manera «irreversible» y las reanudamos en un mensaje de madrugada
redactado con la sobriedad habitual de las tres de la mañana. Hemos aprendido a fingir el incendio.
Compramos gasolina, la vertemos sobre la cubierta, encendemos algo que parece fuego, publicamos la
foto —el humo queda espectacular en formato cuadrado— y luego, cuando nadie mira, apagamos
discretamente las brasas con el mismo cubo que usamos para llenar la piscina. Somos expertos en la
performance del compromiso irrevocable. Lo irrevocable, sin embargo, tiene una característica
incómoda: no admite actuación. O se quema o no se quema. No hay término medio con las hogueras,
aunque la posmodernidad lleve treinta años intentando demostrar lo contrario.
Quizás el verdadero acto de coraje, en un mundo que ha convertido hasta la destrucción en contenido,
no sea quemar los barcos delante de una audiencia sino aceptar que uno puede naufragar sin testigos.
Comprometerse sin necesidad de que el fuego sea espectacular. Sin cámara, sin épica, sin un Cortés
que narre después la hazaña para justificar ante la Corona los muertos que le costó. La forma más
silenciosa —y probablemente más honesta— de quemar un barco es simplemente dejar de mirar hacia
el puerto. No se necesita fuego para eso. Basta con girar la cabeza y no volver a girarla, lo cual, dicho
sea de paso, resulta infinitamente más difícil que cualquier incendio.
Porque el fuego, al final, es lo fácil. El fuego es un gesto de un solo instante, dramático, fotogénico,
terminado en segundos. Lo difícil es lo que viene después: los años de no tener barco, de caminar
tierra adentro sin saber si hay algo al otro lado, de descubrir que la determinación que tanto
admirábamos en la playa se parece sospechosamente, cuando ya no hay testigos ni cronistas, al miedo
ordinario de quien simplemente no tiene otra opción. Cortés lo sabía. Por eso quemó los barcos de los
demás y no el suyo propio —porque el suyo, dicen algunos historiadores menos entusiastas que los
libros de texto, nunca estuvo realmente en la hoguera. El mando, como siempre, se reservó la única
salida disponible: la de contar la historia.
Así que cuando alguien te diga, con esa mirada resplandeciente de quien ha leído un solo libro de
autoayuda, que quemes tus barcos, pregúntale primero quién sostiene la cerilla. Y si eres tú quien la
sostiene, adelante: enciéndela. Pero hazlo sabiendo que el verdadero compromiso no está en el fuego
que se ve, sino en la costa a la que, después de todo, decides no volver a mirar.