¿Subconsciente?

El autor de "Rula" reflexiona sobre el subconsciente en su nuevo relato de verano.
17 de agosto de 2026
2 minutos de lectura
El escritor Reka Refojos, autor de "Rula".

Por Reka Refojos

Es curioso la poca imaginación e iniciativa que tiene, a veces, el subconsciente. Sí, es cierto que se ve postergado en el subsuelo del cerebro. En las mazmorras del cráneo. Bien escondido y a buen recaudo. Sin embargo, siempre encuentra un resquicio por donde fastidiar. Una grieta por la que poder salir de su encierro y darse una vuelta para tomar algo de aire, o simplemente para entrometerse y fastidiar cuando más relajado está uno. Como esa mosca, empalagosa y cojonera, cuya única misión es la de importunar y amargarnos la tarde de siesta.

En esas estaba Juan Ignacio ―en la siesta, no pergeñando pensamientos filosóficos de alta escuela―, cuando algo lo sobresaltó y lo despertó de súbito (estoy seguro de que no había ninguna mosca en el cuarto en ese instante). Abrió los ojos cual sapo hinchado ante su “sapa”. Se sentó en
la cama y, alzando la mano con el dedo índice apuntando al cielo, exclam

―¡Quiero mi regalo de Reyes!, ¡Quiero mi toro mecánico de Geyper!
Su madre, al escuchar el grito, dejó la tartera que estaba fregando y
salió apresurada de la cocina ―todo lo apurada que sus 92 años le permitían, claro―, acelerando el paso por el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación de Juan Ignacio. Abrió sin llamar y entró sin esperar a que le dieran permiso.

La imagen de su hijo (de 66 añazos) en gayumbos era de lo más normal para ella, solía pasearse así por la casa todo el día, pero verlo de esa guisa: con la mirada perdida, la babilla resbalando por la comisura del labio inferior, el brazo firme y alzado con el índice tieso como el palo de mesana de un velero bergantín, hizo que su rostro se ensombreciera y, después de ajustarse los lentes, puso los brazos en jarra y gritó también:

―Vamos a ver, Nachete ¡Ya está bien! Ya hemos pasado por el tren de
la bruja, el puente de piezas de Mecano, e incluso el Exín Castillos… Sin contar el Walkman, la motosierra, el pincel multiusos o el Madelman filipino. ¡Que ya está bien, recoño! Desde que te divorciaste, y de eso hace ya quince años, no has pegado palo al agua y no dejas de decir sandeces ―Ramona, su madre, tomó aire, dio un paso adelante y continuó―. Mira, yo ya no tengo edad para aguantar tanta tontería y tú tienes años más que suficientes para madurar. Me tienes hasta el papo… A veces me pregunto cómo tu mujer fue capaz de aguantarte tanto. Espabila de una vez, Juan Ignacio Gutiérrez de la Olla.

―No soy yo, mamá, es el puñetero subconsciente que no hace más que
traerme traumas infantiles a la cabeza.

―¿Traumas? Y una porra. Tú lo que tienes es demasiado tiempo libre y
muy pocas ganas de trabajar…
―Estoy jubilado, mamá.

―Como si estás engominado. Arregla tu cabeza, que no tu pelo, que
ese “sucociente” o como carajo se llame, quizás te esté diciendo que lo dejes a él tranquilo. Que también necesita su espacio de reflexión y no tanta siesta como le das. Punto.

―¡Mamá!

―¡O carallo, Nacho, o carallo!

Diario Marín

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