Una breve historia de moros y cristianos

El escritor Reka Refojos nos introduce en un relato de verano de moros y cristianos.
14 de septiembre de 2026
2 minutos de lectura
El escritor y articulista Reka Refojos.
El escritor y articulista Reka Refojos.

Por Reka Refojos

El pequeño Abu—Muhammad, escondido y encandilado dentro del cañaveral, contemplaba el baño matutino de sus hermanas mayores. A los
hombres les estaba prohibido acercarse al azud mientras duraba la estancia de las mujeres en el agua.

Abu no tenía ese problema. No tenía la edad para ser considerado hombre adulto por lo que se movía en las estancias de las mujeres con total libertad. El cañaveral que crecía en el margen izquierdo del azud, o «la sudd» como le gustaba llamarlo él,  era su lugar preferido dentro de las posesiones de su padre. 

Ya no era tan solo por contemplar la desnudez de las mujeres sin ser visto. Se trataba de pasar desapercibido el mayor tiempo posible. Y allí lo conseguía. Tenía tiempo para pensar y fantasear como sería cuando fuese mayor; cuando se hiciera un hombre; cuando fuera un guerrero, como su padre, y comandase las tropas contra el rey Jaime.

Abu era moro, sí, pero era diferente ante su gente y estos lo miraban de
forma distinta. Era un mestizo, hijo de un musulmán andalusí y de una cristiana del reino de Aragón. Pero la característica física que lo alejaba de los suyos, además de su piel clara, era el intenso color azul de sus ojos. Al-Azraq, le llamaban la soldadesca de su padre en tono peyorativo —el Azul, sería la traducción―.

El pequeño Abu vivía ajeno a cualquier comentario. Dentro de su inexpugnable castillo de cañas y juncos era feliz jugando y soñando con las batallas que había de librar contra el infiel cristiano. Las mujeres que se bañaban a escasos metros sabían que él estaba allí contemplándolas, pero no les importaba su presencia. ¿Qué daño les podía hacer un chiquillo de apenas ocho años?

La mañana que Abu se cortó con el filo de una caña rota, cambió para
siempre su destino. Salió llorando y gritando de su escondite. Su madre, que estaba sentada en una roca de la orilla, corrió al encuentro del pequeño «azul». Al ver la sangre que manaba a borbotones del brazo herido de su hijo, se desprendió del velo y envolvió con fuerza el enorme tajo que llevaba. Lo cogió en brazos apuró el paso para llevarlo a palacio y que los «tabib» lo pudieran curar. Las muchachas —sus hermanas y las odaliscas— reían y se mofaban mientras su madre les lanzaba una mirada de reproche:

—Abu ya no es azul. Abu es rojo —gritaban a corro.
―No les hagas caso ―Dijo, secándole las lágrimas que resbalaban por
sus mejillas y mirándolo fijamente a los ojos―. Mi Abu, que estas sean las
últimas lágrimas que yo, ni nadie, vean salir de esos hermosos zafiros que
tienes por ojos. Eres Al-Azraq, y algún día acaudillarás a tu pueblo. Todos
gritaran tu nombre al viento… Temerán y respetarán a Al-Azraq. No lo dudes.

Años más tarde, cuando comandaba su propio ejército, solía decir, mientras se remangaba el brazo mostrando la tremenda cicatriz serpenteando por su brazo izquierdo, desde la muñeca hasta el codo, que si aquel ataque de una caña traicionera no lo había matado, tampoco lo haría una espada cristiana.

Al-Azraq —el Azul— guio a sus huestes con valentía y sabiduría. Fue inflexible e implacable en la batalla, pero magnánimo con el enemigo caído. Y, sin embargo, a mí me gusta recordarlo cómo aquel niño chico que espiaba a las muchachas, escondido en un cañaveral, y soñaba como cualquier chiquillo, a pesar de ser el diferente, el pequeño Azul.

Diario Marín

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