En medio de la oscuridad no hay nada. Las tinieblas son ese agujero
negro que todo lo traga ―eso afirman quienes no son capaces de ver más allá de su propia nariz―. Y, sin embargo, en medio de la penumbra está esa luz que se niega a desaparecer. O tal vez no. Entonces sucede.
Ellos se cruzan una y otra vez en un bucle infinito. Uno lo recuerda todo. El otro padece una amnesia que se hace patente en cada encuentro. No importa, en la amistad no existen los reproches. Son opuestos, sí, absolutamente distintos. El uno es la némesis del otro, pero se necesitan, se complementan. No hay odio. No hay rencor. No se aman, o tal vez sí. Viven independientes, pero conviven el uno con el otro. Hoy se vuelven a cruzar, una vez más.
―¿Cuándo decidiste marcharte?
―En el mismo instante en que apareciste tú.
―No entiendo, yo no te he hecho nada. Acabo de llegar.
―Esa es la razón: que has llegado. Estás aquí. No hay sitio para los
dos.
―Tenemos mucho espacio, no hay nadie más.
―Te equivocas, tu presencia lo llena todo. Me asfixias.
―Eres injusto. Repito, no te he hecho nada.
―Lo harás, no lo dudes, va implícito en tu esencia.
―¿Es que acaso me conoces?
―Desde mucho antes de que llegaras.
―¿Y es por eso por lo que me tienes miedo?
―No te temo. No te equivoques. Tú tienes tu espacio, lo necesitas, y no
seré yo quien te lo niegue.
―No vengo a reclamar nada. Podemos compartir todo esto ¡Quédate!
―Tranquilo, es tu momento. Aprovéchalo y disfrútalo.
―Quizás no sea más que una simple cuestión de fe… de esperanza. No
te vayas.
―¡Ja! Perderás ambas, solo es cuestión de tiempo… Ese es el asunto.
―Creo que eres injusto.
―Como tú dices, acabas de llegar. Los de ahí abajo se encargarán de
darme la razón.
―No te vayas, por favor…