Por Reka Refojos
Como en una rueda de terapia donde todos y cada uno van reconociendo sus adicciones, vicios y, porqué no, sus complejos, así me encuentro yo en este momento: La rueda es la mesa camilla a la que estoy sentado; el terapeuta es el teclado del portátil; mi gran vicio, nada oculto, es el fútbol… ¿Mi terapia? Son las páginas en blanco, desnudas todavía de tinta, y los libros, bien vestidos de aventuras, historias, rosas, negras o multicolores, o sin pies ni cabeza como ésta.
Luego está la terapia de choque, esa a la que recurro una y otra vez; esa
que siempre me hace recordar aquella máxima que dice: «La mejor manera de superar una tentación es caer en ella». Ingenuo de mí. Y, sin embargo, cada vez que me dejo caer… en el sofá, delante del televisor, y me centro en el partido (el que sea, me da igual), he de hacerlo de la misma forma en que nos ponían en los años sesenta cuando nos castigaban en la escuela: Con un
voluminoso diccionario en cada mano. En la derecha el de la RAE y en la
izquierda el de Sinónimos.
Esos comentaristas deportivos de las cadenas de televisión ―privadas y
pública, da lo mismo― que cada cinco minutos renuevan o reinventan palabras y expresiones que casi nunca tienen relación con lo que se supone que estamos viendo. Esos adalides del lenguaje y las definiciones imposibles. Esos mismos que ayer consiguieron que mi cabeza estuviese al borde del colapso, y que apenas haya pegado ojo en toda la noche. A ellos culpo esta madrugada sin la más mínima pizca de arrepentimiento.
Ni recuerdo quienes estaban jugando. Da lo mismo. El caso es que
alguien tuvo que abrir un pequeño frasco de amoniaco para despertarme del “paparajote” que me dio al escuchar la escena que estaban narrando:
―… El balón cruza el medio campo sin dueño, sin más compañía que el
verde del césped. El defensa central “Fulano” y el delantero “Zutano” corren tras él como “DOS ARMARIOS EMPOTRADOS”…
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