Por Susi de la Torre
Pese a todo, lo sé: soy una soñadora. Lo compruebo cada vez que subo al autobús de mi ciudad. Bueno, no cualquier autobús ni cualquier línea, el suyo y la suya. Es mi desplazamiento habitual, pues he dejado de conducir, desde que llevada por la necesidad de dejarlo en el taller del barrio este inconveniente me obligó a tomar el transporte público.
Fue entonces, cuándo lo vi por primera vez. Ahí estaba, dando los buenos días y regalando lo que es ya, mi única e importante sonrisa de mi jornada. Él llega. Yo en la parada, levantando la mano para indicarle que deseo subir. Poco sospecha que no querría apearme jamás.
No subo con apresuramiento porque he ensayado delante del espejo, cual sería la velocidad idónea para darle la oportunidad de contemplarme. No voy mimetizada con resto de los usuarios, esa circunstancia afearía mi
llamada de atención, no logrando mi objetivo: hacerme inolvidable.
Me siento en la fila más próxima al lugar que ocupa. A veces hasta le hablo con alguna excusa sobre el tráfico, buscando un sitio dónde se supone que debo llegar o haciéndole notar que parece cansado cuándo va a finalizar su turno laboral.
Le miro a veces, sin disimulo, poniendo atención a la música que elige, sabiendo que me la dedica, comunicándome su amor a través de las
letras que canturreo para que él sepa que lo sé. Conozco lo que este hombre quiere conmigo.
En el momento de alcanzar la calle destinada, nuestras miradas se resuelven con una despedida tenue, sutil, con la idea tácita de discreción.
Quizá alguna vez he pensado en que yo, a este hombre, no lo conozco apenas, más en mi sueño reaparece con fuerza y caigo en ese estado de
ensoñación que adopto por realidad. Es el hombre perfecto para mí. Para mi cuerpo y mi vida. Esto es el verdadero amor. Quisiera dejar de sentirme sola y encontrarme con un romance de frente, viviéndolo intenso y loco.
Le atribuyo un saber estar, una comprensión y la riqueza de valorar ser parte de un futuro a mi lado. No he dicho lo suave que acciona la bajada
de la rampa de acceso destinada a las personas con dificultades de movilidad, junto con la amabilidad con que facilita que las personas
mayores encuentren asiento antes de arrancar de nuevo.
Todo esto, todas estas cosas, refuerzan mi idea de que es a causa de que yo viaje en ese preciso instante, a su lado. De vez en cuando, de tanto meterme en situaciones compartidas con hijos imaginados, me paso de largo la parada.
Sólo se lo he confesado, este amor que me obliga a tomar decisiones tan importantes como pedir un traslado laboral o de horario para él se
declare y comencemos nuestra vida en común, a mi única vecina con la que intercambio pareceres de la comunidad de vecinos.
Le expliqué que tal vez me mudaría pronto y la razón para ello. Me sentí ofuscada ante sus carcajadas. Me acusó de ser una mujer ridícula
con esa quimera presente y, dijo, no real.
Sostuvo durante largo tiempo que parezco el personaje de una novela del autor de «Crimen y castigo», Fiódor Dostoyeski, en otra obra de su
autoria, titulada: «Noches Blancas». Su protagonista es una persona como tú, comentó, solitaria y necesitada de validación mediante sentirse o imaginarse querida por alguien, sin que importe demasiado quién.
Me quedé callada, mientras me hería con afirmaciones gratuitas, al no saber nada de mi. Ese sujeto, cree que ama y es amado por una mujer desconocida llamada Nastenka, con la que coincide por azar. La idealiza hasta llegar a sentirse parte de una relación amorosa, sin que exista compromiso real ni reciprocidad. Ella le confiesa que ama a otro
hombre, al que ha ido a buscar. Este infeliz, está convencido de que su honrado corazón será recompensado, mientras se suma a la alegría y a la tristeza más extrema según las palabras dichas o por las acciones de su amada.
Pero este personaje, es ficción, le explico a mi vecina. Ella prosigue como si quisiera demostrarme lo culta y buena lectora que es. Que si no tiene
conciencia de si mismo, sin tener dónde obtener su valía. Finalmente, en el momento en que ella elige a su examante, se desmorona. «Noches Blancas» es un retrato de una psique frágil, idealista para protegerse de una realidad
solitaria y amenazante. Ni decir tiene que no me considero una mujer
fantasiosa hasta ese límite. Me niego a devaluar nuestra relación, la de él y la mía, bajo opiniones de quién no conoce la historia amorosa que nos
unirá para siempre.
La literatura, es un cuento de ficción sin base real. Esos personajes no están vivos en ninguna parte. No pienso saludar nunca más a mi vecina.