A lo largo de los años, cada vivencia que uno atraviesa deja una huella indeleble en el cuerpo. Algunas apenas rozan la superficie, mientras que otras se graban con fuerza, ocultas bajo la piel, presentes en lo más profundo.
El cuerpo guarda, como un archivo silencioso, las veces que tuvimos miedo, que reprimimos una emoción, que fuimos heridos con palabras o acciones. Es el cuerpo el que carga con aquello que la mente intenta olvidar.
Pequeños traumas
Cuando se piensa en un trauma, solemos imaginar grandes catástrofes: accidentes, abusos, pérdidas irreparables. Pero las experiencias traumáticas también pueden ser algo pequeño y repetido, cotidiano, sutil: un abandono, una crítica constante, un entorno inestable.
Una infancia sin consuelo, una figura cercana que nunca nos miró con ternura, un entorno en el que aprendimos a no molestar, a no llorar, a no ser. Estas vivencias, por sí solas, parecen mínimas, pero acumuladas día tras día tienen un peso que el cuerpo no olvida.
El cuerpo no olvida
El cuerpo responde incluso cuando no recordamos con claridad lo que nos ocurrió. Dolores físicos crónicos, insomnio, ansiedad sin razón aparente… muchas veces son gritos del cuerpo. Recuerdos que la mente prefiere enterrar.
Un sobresalto ante un sonido, una tensión constante en los hombros, un nudo en el estómago que aparece sin razón aparente. Estos son vestigios de situaciones pasadas que no se procesaron del todo. La piel, los músculos, el sistema nervioso: todos tienen su propio archivo, y en él están guardadas nuestras historias más silenciadas.
La disociación
En ocasiones, para sobrevivir, el ser humano aprende a desconectarnos del cuerpo y esto permite seguir adelante. Es una forma de protección ante el dolor, el miedo, el caos. Dejar de sentir para no evitar la quiebra. Pero esa separación tiene un precio.
Con el tiempo, esa desconexión suele dejar grandes vacíos, con la sensación de estar presentes solo a medias. Volver al cuerpo puede ser aterrador, pero también es el primer paso hacia una presencia más plena.
Sanación corporal
Por ese motivo, no basta con entender el trauma desde la razón. Hay que volver al cuerpo: a través del movimiento, la respiración, la presencia. Hablar del pasado puede aliviar, entender lo que pasó puede dar claridad. Pero sanar profundamente exige algo más: requiere volver a habitar el cuerpo. Sentir sin miedo, respirar sin contención, movernos sin juicio.
Prácticas como el yoga, la danza, la respiración consciente o simplemente el silencio nos ayudan a tejer de nuevo el vínculo con la corporalidad. Porque el cuerpo no solo recuerda el trauma: también tiene la capacidad de liberarlo.
El libro El cuerpo lleva la cuenta, del doctor Bessel van der Kolk, es una lectura interesante para conocer más a fondo esta relación entre cuerpo y trauma.
Con claridad y sensibilidad, el autor muestra, con ejemplos clínicos y estudios neurobiológicos, cómo el cuerpo guarda cada herida y cómo es posible iniciar un proceso de sanación real desde lo corporal.
Inma Quílez, es psicóloga colegiada. Experta en comunicación y marketing.