Viajar por Dublín significa detenerse en la limitada altura de una de las ciudades más bellas de la vieja Europa, que a diferencia de otras, permite al transeúnte fijarse y observar sus preciosos y emblemáticos edificios de estructura decimonónica o dieciochesca sin tener que verse interrumpidos por ningún rascacielos.
Implica, además, recorrer los hermosos paisajes y jardines que conjugan a la perfección con el ambiente intelectual e ilusionante de los jóvenes dentro de la céntrica Universidad Trinity Collage, o detenerse en alguna coqueta iglesia o Catedral, como St. Patrick o la Iglesia Cristiana, sin tener que abusar de lúas (tranvías o autobuses) ya que la ciudad, afortunadamente, puede pasearse andando.




Pero no es lo único. Adentrarse en Dublín también supone desandar su historia. Su pasado no sólo civil sino también industrial gracias a una compañía presente en su día a día, en sus fiestas, en sus coloridos pubs, en su evolución, arquitectura y política: la cervecera Guinness. Porque conocer la historia de Guinness, orígenes, familia, influencia en la política y en la sociedad irlandesa, implica profundizar algo más en Irlanda, en sus antecedentes industriales y sociales que irrumpieron en Dublín allá por el año 1759, el mismo año en que su fundador, Arthur Guinness, obtuvo de su padrino 100 libras para crearla.



La compañía cervecera Guinness, que lleva el arpa irlandesa y los sabores de su tierra por todo el mundo gracias a su logo, ha conseguido convertirse hoy en día en emblema inconfundible de un país, en el que tan importante ha sido su historia católica con San Patricio a la cabeza, su literatura (Jonthan Swift y Los viajes de Gulliver; Óscar Wilde y El retrato de Dorian Gray; Bram Stocker y Drácula: James Joyce con El Ulisses o Yeats, Beckett, por citar sólo algunos), su música (U2, The Corrs, The Chieftains, Enya, Sinéad O’Connor, entre los más importantes) como el propio trabajo.
De hecho, «La Gran Hambruna» de Irlanda que asoló al país a causa de un hongo en la patata desde 1845 a 1852 y que obligó a muchos irlandeses a emigrar a Estados Unidos aún sigue presente en sus descendientes americanos quienes empezaron a mirar con recelo a los ingleses por dejarlos morir, fortaleciendo el ansia de independencia que lograron ya bien entrado el siglo XX, en el año 1922, después de mucho sufrimiento. Hace dos días como quien dice aunque ya se haya cumplido su 100 Aniversario.


Pese a ello, otros irlandeses, como es el caso de Arthur Guinness, aprovecharon su golpe de suerte para realizar inversiones que posteriormente se convertirían en oro.
Contrato de 9.000 años
En el año 1759, el emprendedor Arthur Guinness firma, gracias a esa pequeña fortuna de cien libras, va a firmar el mayor contrato de la historia, por un tiempo de 9.000 años (sí, han leído bien, nueve mil años) por alquilar de St. James Gate con un coste de 45 libras anuales. Quienes asistan al Museo Guinness es lo primero que se van a encontrar en su puerta, el contrato en el suelo, con una mención en castellano.


Gracias a ese alquiler y a su privilegiada ubicación, Arthur Guinness va a conseguir nutrir su cerveza con el agua pura de Rivers Dodder y Poddle, uno de los ingredientes esenciales de esta bebida.
¿Cómo se inventó la Guinness?
Estando en el mercado londinense de Covent Garden, el fundador de Guinness empezará a darse cuenta de la fama que está adquiriendo un tipo de cerveza negra en la capital británica, así que su intención será replicarlo en su ciudad, Dublín. Pero no será hasta su fallecimiento, cuando su hijo Arthur II, consiga el brebaje deseado. Para los aficionados a las series, «La casa Guinness» comienza con Arthur II los ocho episodios, que reflejan el ambiente político y empresarial de la época (Netflix).



Cebada tostada, agua, lupus y levadura se convierten así en sus ingredientes esenciales, con toques de chocolate y café. Para tirarla acertadamente, el proceso requiere destreza y paciencia mientras la cerveza va pasando lentamente delo color rojizo de la cebada tostada al negro, asentándose poco a poco hasta no que va adquiriendo el tono oscuro para servir.
El negro, rojo, verde
Y Dublín tiene también ese color rojizo de la cebada, que impregna edificios y viviendas de ladrillo visto, recuerdos de un pasado industrial. Como rojo es también el cabello radiante que inunda en muchos irlandeses, así como en sus pubs más populares como el Temple Bar, y que convierten a este pueblo y a este barrio en algo vibrante, apasionado y bello.

O el negro, también solemne en sus puertas a la calle, su cerveza o cielo encapotado en invierno. Sin olvidar el verde, de su bandera y de toda la nación. Ni el blanco de su lana y sus ovejas, porque Dublín es un crisol de tonalidades, de gentes, de jóvenes en busca del dominio del inglés y su primera oportunidad laboral.
La fábrica, hoy Museo
El encanto de la fábrica, convertida hoy en un Museo-Degustación (merece la pena el precio de los 20 euros de entrada) nos lleva a un Dublín que se remonta a 1.800 cuando los Guinness se establecen en St. James Gate para aumentar la producción.



La estructura de la factoría, atribuida al ingeniero A. H. Hignett quien la construyó en sólo un año, está inspirada en la Chicago School of Architecture. El innovador uso del acero consigue sostener el gran peso del edificio dejando mucho espacio libre para permitir la entrada de la luz en el interior cuando la fábrica producía un total de 520 millones de pintas anualmente.
En Dublín, trabajar para Guinness implicaba lograr la mayor seguridad y mejor salario del tejido empresarial. En los años treinta de la Gran Depresión, la empresa contaba con 5.000 empleos directos y 9.000 indirectos. A todos ellos se les concedieron créditos para facilitar la adquisición de vivienda y educación gratuita para sus hijos.
Publicidad y literatura
Pero si Guinness se hizo multinacional fue debido a su gran expansión por todo el mundo, que empezó en India en 1801 y siguió durante los siguiente treinta años y por su eslóganes publicitarios. Para incrementar la identificación con Irlanda, en 1876, Benjamin Lee Guinness, el hijo mayor de Arthur Guinness II, creó como logotipo y marca la tradicional arpa irlandesa y restaurará la Catedral St. Patrick. Su hijo mayor Arthur (1840-1915), Lord Ardilaun, y su hermano Edward, serán quienes terminen dicha restauración .



Mecenas de Dublín, los Guinness también destacan por su política de marketing y sus eslóganes. A woman needs a man, like a fish needs a bicycle se ha convertido en uno de los más admirados del museo. También sus animales, como el Pelícano, la tortuga, gracias al creativo John Gilroy, son un emblema de la casa. A ello se une las numerosas menciones de autores clásicos en sus novelas, como el caso de Charles Dickens en su Pickwick Papers, Robert Louis Stevenson en su Isla del Tesoro, o James Joyce en su Ulysses. Una prueba más de que uno no sabe donde empieza Irlanda o acaba Guinness. Así que si quieren visitarlo apunten las siguientes coordenadas para su viaje:

- Museo Guinness: Para comprar la entrada anticipadamente puede hacerlo en la web (20 euros, con degustación e invitación a una pinta).
- Vuelo desde Santiago de Compostela: Desde el 30 de marzo, la compañía aérea irlandesa Ryanair ofrece vuelos directos a Dublín, a un precio muy asequible: ida y vuelta, aproximadamente 100 euros/por persona desde el aeropuerto de Santiago de Compostela.
- Autobus Aeropuerto/Dublín: Dublín Express (los billetes se pueden comprar al adquirir el billete de avión, precio por persona: 8 euros desde Ryanair o 10 euros en Dublin Express).
- Alojamiento: Diario Marín recomienda el Apartahotel: Stayciy Quay regentado por Nacho que, junto con Eduardo, María y Dylan hacen la estancia de lo más cómoda para los españoles.
- Comidas: Cerca del Museo Guinness, Diario Marín recomienda Harkins con platos desde 20 euros, hamburguesas magníficas y Guinness desde los 6 euros.
