La muerte de alguien querido tiene algo de inventario de ferretería. Vuelves del tanatorio, cuelgas la chaqueta que huele a gladiolos ajenos y a café de máquina, y te pones a contar. No el dinero, que de eso ya se ocuparán los herederos con mejor caligrafía. Cuentas gente. Quién queda. Quién vino. Quién mandó un emoticono de manos juntas, que es la forma contemporánea de rezar sin doblar las rodillas.
Y el resultado, siempre, es humillante: mil doscientos contactos, ochocientos seguidores, cuatro grupos de WhatsApp con nombre de despedida de soltero… y la gente que de verdad cuenta te cabe en una mano. Y sobran dedos.
Vivimos la época de la amistad al por mayor. Amistades numerosas y delgadas, como el embutido de oferta: mucho envase y poca chicha. Conocidos que nos felicitan el cumpleaños porque se lo chiva una notificación; colegas que ponen un «me gusta» en la esquela de nuestra madre con el mismo pulgar con el que aprueban un vídeo de gatitos. No es maldad. Es cordialidad, el aceite que evita que la convivencia chirríe. El problema llega cuando alguien confunde el aceite con el motor. Y lo descubre, claro, el día que el motor se para.
Porque cuando se te muere alguien, el aceite no sirve. Sirve el que viene sin preguntar. El que no dice «si necesitas algo, llámame» -esa frase que es a la amistad lo que el «ya si eso» es a los planes-, sino que llama él. El que se sienta a tu lado en el banco del cementerio y tiene la elegancia, casi extinta, de callarse.
El duelo es un examen al que nadie se presenta voluntario y que, sin embargo, corrige con exactitud de notario. Hay amigos que desaparecen, y no por crueldad: el dolor ajeno les queda grande, como un abrigo heredado. Hay amigos que aparecen con un táper. Hay amigos que aparecen con una botella. Y hay amigos —los buenos, los pocos, los que nunca salen en la foto— que aparecen con un chiste malo en el momento exacto, y te salvan la tarde, y la semana, y un poco la vida.
Porque la risa también es una forma de llorar, aunque eso no venga en ningún folleto de la funeraria. Quien ha velado a alguien lo sabe: en mitad del pésame, alguien recuerda la vez que el difunto se cayó en una boda o le cantó las cuarenta a un concejal, y la sala entera estalla en una carcajada culpable que alivia más que todas las coronas juntas. Solo los amigos de verdad tienen permiso para hacernos reír esos días. Los demás, si lo intentan, resultan obscenos. Ellos resultan necesarios. Reírse de banalidades con quien te conoce desde los pantalones cortos es decirle a la muerte que ha ganado la partida, sí, pero no el campeonato.
Y ahora la parte incómoda, la que no cabe en las esquelas: esos amigos también son seres queridos. También se van a morir. O peor, nos moriremos nosotros y les tocará a ellos hacer el inventario. La amistad no es un patrimonio que se guarda en un cajón junto a las escrituras; es una maceta de balcón, y en este país regamos con más devoción el césped del vecino que nuestras propias macetas. Una llamada al volver de un viaje. Una cerveza sin motivo. Una conversación que no sirve para nada y que, precisamente por eso, lo sostiene todo.
Mi amigo Quiñones lo dejó escrito en un relato con una precisión que a mí me ha costado tres libros y unas cuantas resacas alcanzar. Hablaba de un personaje, pero podría estar hablando de cualquiera de nosotros. O de cualquiera de los que ya no están para leerlo:
«Aunque conocía a mucha gente, sus amistades reales, lo que se dice amigos de verdad o íntimos, eran pocas, apenas cinco personas, tampoco necesitaba más. De esas personas su mejor amigo, con el que mantenía la amistad desde la infancia, era también su confesor y su compañero de ocio asiduo, un tipo realmente gracioso, cuando llegaba de sus viajes le llamaba para quedar y reírse de banalidades y de los comentarios soeces e inteligentes que surgían de ambos».
Cinco personas. Tampoco hacen falta más. Lo que hace falta es marcar el número mientras todavía conteste alguien. Porque un día lo marcarás y sonará igual: el mismo tono, la misma espera. Solo que al otro lado ya no habrá nadie para reírse contigo de las cosas que no importan.
Que, bien mirado, eran las únicas que importaban.